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La sociedad del espectáculo: el Mundial y lo que dejamos de mirar

por Kiky
04-07-2026

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Por Cindy Pulido

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos durante los grandes acontecimientos sociales, aunque quisiera enfocarme el día de hoy en los deportivos: ¿qué ocurre mientras todos estamos mirando hacia el mismo lugar?

No se trata de cuestionar al fútbol, mucho menos de negar la importancia cultural, económica o emocional que representa un Mundial. En este sentido, el problema comienza cuando el espectáculo monopoliza la conversación pública al grado de convertir todo lo demás en ruido de fondo. En una época donde la atención es probablemente el recurso más valioso del poder, aquello que observamos resulta tan importante como aquello que dejamos de ver.

Así pues, mientras las tendencias digitales discutían goles, alineaciones y polémicas arbitrales, la conversación pública también fue ocupada de a poco por rumores que aseguraban que integrantes de la selección ecuatoriana habían sido amenazados por grupos del crimen organizado. La historia se propagó con una velocidad peligrosa, muy característica de las redes sociales, aunque en realidad no se ha confirmado nada y todo apunta a una falsedad emitida tras la derrota de la selección ecuatoriana. Más allá de la veracidad del caso, el episodio expuso un fenómeno preocupante y que, de hecho, resuena mucho con lo que sucedió recientemente con los hechos no verificados publicados por un periodista del Universal: hoy las noticias compiten por nuestra atención antes que por demostrar una verdad.

La desinformación ya no depende únicamente de la mentira; depende de nuestra disposición para compartir aquello que confirma nuestros miedos, prejuicios o emociones. Este fenómeno, que ha sido estudiado por la psicología, se fundamenta en los sesgos más que en la razón y dado que en la era digital, la indignación genera más alcance que la verificación, la velocidad de la difusión, importa mucho más que la evidencia.

Mientras tanto, otros acontecimientos apenas lograron abrirse paso en la conversación nacional. Lo que está ocurriendo en Topolobampo con la planta de amoniaco y las afectaciones probables a los ecosistemas, por ejemplo, volvió a evidenciar que existen riesgos, conflictos y problemas sociales que rara vez permanecen en la agenda pública más allá de unas cuantas horas o incluso, directamente no aparecen. Por lo anterior, la lógica del algoritmo funciona como una selección permanente de aquello que merece existir socialmente: lo espectacular permanece; lo complejo o eso que no monetiza, desaparece.

Quisiera destacar que esta dinámica también atraviesa las relaciones entre los propios pueblos latinoamericanos. Durante las competencias deportivas resurgen expresiones xenófobas que reducen a millones de personas a estereotipos nacionales. Mexicanos, argentinos, colombianos, ecuatorianos, venezolanos o peruanos se convierten en blanco de insultos que muchos justifican como "parte del ambiente futbolero". Sin embargo, ningún contexto convierte la discriminación en una práctica inocente. Resulta paradójico que una región atravesada por historias compartidas de colonialismo, desigualdad, migración y violencia encuentre en sus propios vecinos un enemigo imaginario mientras los verdaderos problemas continúan reproduciéndose sin demasiada resistencia social (Por ejemplo, el foco que se da a venezolanos criticando a México como nación por disfrutar del mundial, en vez de "ayudarles" con la desafortunada tragedia que están vivenciado).

Quizá la consecuencia más preocupante sea la normalización de la violencia. No sólo aquella ejercida por organizaciones criminales, sino también la que nosotros mismos incorporamos como parte del paisaje cotidiano. Los llamados "festejos" que terminan con disparos al aire, personas heridas o muertes evitables siguen presentándose como expresiones de alegría colectiva. En redes sociales, las tragedias se consumen como contenido; los videos violentos se viralizan; el horror se convierte en entretenimiento, la cultura pop ha aprendido a estetizar la violencia hasta volverla un producto más del mercado de la atención.

El filósofo Guy Debord advertía que el espectáculo no es simplemente un conjunto de imágenes, sino una forma de relación social mediada por ellas. Décadas después, Byung-Chul Han sostiene que la sobreabundancia de información no necesariamente produce conocimiento, sino fatiga, dispersión e incapacidad para distinguir lo relevante. Ambos diagnósticos parecen encontrarse hoy en un mismo punto: no vivimos únicamente saturados de información; vivimos administrados por ella.

La pregunta, entonces, no es si debemos disfrutar un Mundial: Por supuesto que sí y ojalá que México gane o bien, continúe dando el maravilloso desempeño que ha mostrado hasta ahora. El deporte también construye comunidad, identidad y memoria, la verdadera pregunta es si somos capaces de sostener dos conversaciones al mismo tiempo. Si podemos emocionarnos por un partido sin olvidar los conflictos geopolíticos que continúan desarrollándose, las crisis humanitarias que siguen cobrando vidas, la violencia que persiste en nuestras ciudades y la responsabilidad ética de verificar aquello que compartimos.