En días recientes, esta pregunta apareció en el marco de la reunión en Texas donde se señaló a nuestro país como el principal problema de EE. UU. Así, mientras Washington exige a México mayores resultados para impedir que las drogas lleguen a territorio estadounidense, la presidenta Claudia Sheinbaum le cuestionó al mandatario de nuestro país vecino ¿qué está haciendo Estados Unidos para combatir el consumo, la distribución y el lavado de dinero dentro de su propio territorio?
Por lo anterior, en una de sus declaraciones más recientes, Sheinbaum pidió que también se informara sobre lo que ocurre dentro de Estados Unidos y sostuvo que el problema no puede analizarse únicamente desde los países donde se producen o transitan las sustancias. La presidenta puso énfasis en el consumo estadounidense y la necesidad de abordarlo como un problema de salud pública. También recordó la crisis de opioides y el papel que desempeñan determinados medicamentos autorizados en Estados Unidos en el aumento de la dependencia y las sobredosis (como el fentanilo).
Así, el diálogo no solo va en función de los fármacos, incluye las prácticas de prescripción, las campañas comerciales de las empresas farmacéuticas, la regulación sanitaria y la respuesta institucional frente a la adicción. La crisis de opioides mostró que la demanda, la distribución y las decisiones regulatorias dentro de Estados Unidos forman parte central del problema.
La frontera no explica por sí sola el negocio
Estados Unidos sostiene una estrategia que va más allá de la vigilancia fronteriza, sus políticas antidrogas combinan la detección de sustancias y precursores en los puntos de entrada, las operaciones de inteligencia, la persecución de organizaciones criminales, las sanciones financieras, el combate al lavado de dinero y la cooperación con México para desmantelar laboratorios y redes transnacionales.
Washington también ha destinado recursos adicionales a la persecución de organizaciones dedicadas al tráfico dentro de Estados Unidos. En julio anunció 277 millones de dólares para el programa High Intensity Drug Trafficking Areas (HIDTA), que coordina investigaciones y operaciones contra organizaciones de narcotráfico en distintas regiones del país.
Es decir, según los datos, Estados Unidos sí actúa dentro de sus fronteras, pero la pregunta de Sheinbaum nos deja entrever lo siguiente: ¿Podemos decir que es suficiente? Combatir el suministro sin atender de manera proporcional la demanda significa abordar solo una parte de la ecuación y aunque la política estadounidense incluye prevención, tratamiento y recuperación, el enfoque de la administración Trump ha colocado en el centro la interrupción de las cadenas de suministro, el combate a los cárteles y la seguridad fronteriza.
Así, México, recibe buena parte de la presión diplomática y política. La cooperación bilateral suele concentrarse en la producción, el tráfico y el control territorial, mientras que el consumo, la distribución interna, el lavado de dinero y el tráfico de armas dentro de Estados Unidos ocupan un lugar menos visible en la agenda pública internacional.
Una historia bastante más larga que los cárteles mexicanos
El narcotráfico no comenzó con los cárteles mexicanos contemporáneos ni puede explicarse simplemente diciendo que México produce drogas para Estados Unidos. El tráfico de sustancias entre ambos países tiene antecedentes desde las primeras décadas del siglo XX y, con el tiempo, México pasó de ser principalmente una zona de tránsito a convertirse también en productor.
La relación entre ambos países incluye, además, un episodio poco conocido. En 1940, México estableció un modelo de regulación que trataba el consumo y las adicciones desde una perspectiva de salud pública. El Reglamento Federal de Toxicomanías, impulsado durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, redujo el enfoque punitivo contra los consumidores y permitió la operación de dispensarios para atender a personas con dependencia.
El proyecto duró apenas unos meses. La presión del gobierno estadounidense, particularmente a través de Harry J. Anslinger, contribuyó a su abandono y favoreció el regreso de políticas más restrictivas. Décadas después, Estados Unidos impulsó con mayor fuerza la llamada “guerra contra las drogas”, un proceso asociado especialmente con la administración de Richard Nixon y con la expansión de estructuras federales e internacionales de control.
La paradoja es que México experimentó tempranamente con una aproximación de salud pública, mientras Estados Unidos consolidaba un paradigma prohibicionista que tendría consecuencias internacionales. Ninguno de los dos países, sin embargo, siguió un modelo completamente uniforme. En ambos coexistieron medidas punitivas, programas de tratamiento y políticas sanitarias.
Estados Unidos no inventó la marihuana... Pero tampoco es inocente.
Estados Unidos propició la producción de marihuana en México y actualmente, tiene un papel crucial respecto al aumento del CO y por consiguiente, en la guerra contra las drogas. Asimismo, un aspecto muy importante es la combinación de una demanda creciente y un régimen prohibicionista cada vez más amplio, donde el comercio ilegal no desapareció con las políticas de prohibición que han aumentado poco a poco. En cambio, la historia estadounidense del narcotráfico también es anterior a los grandes cárteles mexicanos. El tráfico de opio, morfina, cocaína y marihuana existía dentro de Estados Unidos desde el siglo XIX y principios del XX, aunque cada sustancia siguió trayectorias legales, comerciales y sociales distintas.
Por otro lado, la política antidrogas estadounidense adquirió una dimensión internacional mediante tratados, operaciones de erradicación, legislación extraterritorial y acuerdos de cooperación. En México, la década de 1970 marcó un punto de inflexión, entre 1975 y 1976 se realizó la Operación Cóndor, orientada a erradicar cultivos de marihuana y amapola. Después se consolidó una estrategia permanente de combate a la producción y distribución de drogas.
El resultado no fue la desaparición del mercado. Durante la década de 1980, los grupos dedicados al narcotráfico aumentaron su capacidad económica y operativa y establecieron relaciones más complejas con organizaciones de otros países. La experiencia mostró que el narcotráfico no era un problema exclusivamente mexicano, sino un fenómeno internacional que involucraba a países productores, distribuidores y consumidores. Esa clasificación, sin embargo, es solo una aproximación: muchos países cumplen varias funciones dentro de la misma cadena.
Y ahí está precisamente el punto que hoy vuelve a poner Sheinbaum sobre la mesa, para un fenómeno internacional, la responsabilidad también debería serlo.
¿Quién controla al que vende y quién controla al que compra?
Estados Unidos tiene razones legítimas para combatir el tráfico de fentanilo, opioides y otras sustancias. Las sobredosis y el consumo problemático han provocado una crisis de salud pública, frente a la cual Washington ha desarrollado políticas de prevención, tratamiento, interdicción y persecución criminal. Pero México también tiene razones para cuestionar una narrativa en la que aparece principalmente como productor, territorio de tránsito o fuente de violencia.
Porque existe una segunda mitad de la historia: el mercado. Si en Estados Unidos existe una demanda suficientemente grande para generar ganancias multimillonarias, habrá organizaciones dispuestas a satisfacerla. A esto se suma otro componente central de la relación bilateral: las armas. De acuerdo con autoridades mexicanas, una proporción importante de las armas decomisadas en México (hasta 75%) tiene su origen en Estados Unidos y llega al país mediante redes de tráfico transfronterizo. Mientras las drogas avanzan hacia el norte, muchas de las armas que alimentan la violencia circulan en sentido contrario.
La pregunta incómoda de Sheinbaum…
Después de la revisión anterior, considero que el debate debería dejar de plantearse exclusivamente como una discusión sobre quién hace “más” contra las drogas, en cambio, podríamos posicionarnos de la siguiente manera:
¿Qué está haciendo cada país dentro de su propio territorio para reducir la totalidad del fenómeno?
México tiene una responsabilidad evidente en combatir la producción, el tráfico, la corrupción y las organizaciones criminales que operan dentro de su territorio, pero Estados Unidos también tiene responsabilidades como combatir el tráfico y la distribución interna, perseguir el lavado de dinero, prevenir e investigar el tráfico ilícito de armas hacia México, reducir la demanda y atender las adicciones como un problema de salud pública.
Porque resulta difícil sostener que existe una guerra contra las drogas si una de las principales preguntas permanece sin respuesta: ¿qué está haciendo el país consumidor para dejar de ser el mercado que hace rentable el negocio?
Estados Unidos no es únicamente un país consumidor: también produce, distribuye, sirve como territorio de tránsito y concentra recursos financieros. Además, su demanda sigue siendo un factor decisivo para la rentabilidad del mercado ilícito. Entre ambos países existe una realidad que ninguna declaración presidencial puede modificar: las drogas cruzan fronteras, pero el problema no termina cuando cruzan una frontera. La historia del narcotráfico demuestra que no existe un solo culpable, un solo territorio ni una sola solución.
Lo que existe es un mercado profundamente integrado entre México y Estados Unidos, conectado a un sistema internacional de producción, suministro, financiamiento y consumo. Por eso, mientras haya oferta de un lado y demanda del otro, la guerra siempre encontrará formas de sobrevivir.

