«En una crisis, la confianza no se improvisa: se entrena o se destruye». Esta máxima de la comunicación de gobierno define el verdadero dilema de la gestión de riesgos. Un simulacro no existe para que los funcionarios posen frente a las cámaras ni para alimentar campañas de que somos una sociedad preparada para el caos. Su único fin legítimo es salvar vidas probando las costuras de la capacidad institucional.
En México, el ejercicio anual corre el riesgo de degradarse en un rito burocrático: el conteo triunfalista de participantes y la evacuación disciplinada de inmuebles. Sin embargo, como señalaba el sociólogo Ulrich Beck, vivimos en una "sociedad del riesgo" donde la vulnerabilidad es asimétrica.
Un temblor no impacta igual a la alcaldía Cuauhtémoc que a un municipio de la Sierra Sur de Oaxaca. Por ello, someter a todo el país a una hipótesis genérica distorsiona la realidad.
El entrenamiento debe responder a un mapa de riesgos territorializado, midiendo la pronta respuesta diferenciada del aparato público.
Desde la perspectiva de la comunicación gubernamental y la gestión de crisis (Coombs, 2014), el objetivo no es solo enseñar a la ciudadanía qué hacer, sino auditar al propio gobierno bajo presión.
El axioma de Paul Watzlawick —«es imposible no comunicar»— cobra fuerza en la emergencia: la lentitud o la descoordinación institucional comunican incompetencia. Un simulacro profesional no se pregunta únicamente si la gente desalojó el edificio; interroga con rigor al sistema:
¿Cuánto tardó en emitirse el primer mensaje oficial?
¿Existía una vocería técnica homologada o prevaleció la improvisación?
¿Qué falló y cuáles son las fechas de corrección con responsable asignado?
La comunicación preventiva debe transitar del boletín informativo a una política pública medible. Pasar del "Simulacro Nacional" a un Sistema Nacional de Entrenamiento Permanente exige evaluar métricas de valor real: tiempos de activación de alerta, velocidad para desmentir rumores y porcentaje de fallas operativas subsanadas. La prevención no es pedir calma; es construir certidumbre probada.
El simulacro no es botín electoral
De cara a los procesos de elección popular, la tentación de capitalizar mediáticamente los ejercicios de protección civil o las emergencias naturales representa uno de los errores más graves de la comunicación política contemporánea.
Abstención del oportunismo fotográfico: Salir a las calles portando chalecos institucionales o grabar contenidos proselitistas durante un ejercicio de prevención erosiona la credibilidad de las instituciones y proyecta insensibilidad frente al dolor histórico de las víctimas de desastres natural.
Respeto a la vocería técnica: La comunicación de riesgo exige centralidad y conocimiento experto. Utilizar las alertas sísmicas o las plataformas de emergencia para posicionamiento personal genera ruido, desconfianza y confusión en la ciudadanía.
Compromiso normativo, no propaganda: Como expone el filósofo político Daniel Innerarity, «la política de la prevención requiere madurez democrática». Los aspirantes deben competir proponiendo presupuestos reales para mapas de riesgo, fortalecimiento de brigadas y equipamiento técnico, no lucrando con el simulacro ni buscando la "foto del día".
Gobernar es prever. Quien intenta convertir la preparación ante el desastre en una rentabilidad electoral, demuestra no estar listo ni para comunicar, ni para gobernar.

