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Procrear por decreto

por Atzin Paredes
06-10-2026

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El pasado 22 de septiembre, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) publicó los resultados de la Encuesta Intercensal 2025. El dato que encendió el debate en redes sociales fue la caída en la natalidad y las causas por las que las parejas ya no quieren tener hijos.

 

En la Mañanera del día siguiente, el periodista Ricardo Pérez le mencionó a la Presidenta Claudia Sheinbaum esta publicación del INEGI, y ella declaró que el país está en mínimos históricos en cuanto a la tasa de crecimiento promedio anual (0.7) y que si las parejas tienen menos de 2 hijos en promedio (tasa global de fecundidad, el indicador estándar para medir el reemplazo generacional), la edad de la población seguirá aumentando (la mediana ya pasó de 29 años en 2020 a 32 años en 2025). Destacó que a este ritmo, no habrá un reemplazo generacional, lo que se traduce en que cada vez habrá menos niñas y niños, por lo que es importante saber por qué los jóvenes tienen menos hijos o deciden no tenerlos.

¿Por qué ahora?

Imaginemos al país como una gran empresa: cada año, muchas personas se jubilan y otras ingresan; preferiblemente, en la misma cantidad. Supongamos entonces que esta empresa tiene 100 puestos laborales en total, que abarcan limpieza, contaduría, mantenimiento, etc. En un año en particular, se jubilan 30 empleados, pero solo ingresan 15 nuevos trabajadores. Y al siguiente año, se jubilan otros 20 pero solo ingresan 10. En solo 2 años, la población de esta empresa pasó de 100 puestos ocupados a 75, los cuales deberán cubrir las tareas de los 25 faltantes sin descuidar las suyas.

 

Evidentemente, esto representa una carga mayor para las personas que sí ocupan esos puestos, y supone una reestructuración de la empresa a largo plazo. Eventualmente, las áreas con menor ocupación serán las primeras en sufrir este cambio, y después, todo el sistema. De la misma manera, si nuestros hijos no nos reemplazan en número cuando ya no estemos aquí, varios sectores comenzarán a verse presionados a cubrir los sectores que no tengan a la población suficiente para funcionar. Eso implicará reestructurar a todo el país de manera gradual para que los sectores de la economía, trabajo y pensiones puedan sostenerlo.

El México que ya no existe

Entre 1930 y 1970, México vivió su Explosión Demográfica, pasando de 19 millones de habitantes a 48 millones. Para 1960, la fecundidad era de 7 hijos por mujer gracias a los avances médicos de la época, el aumento de la esperanza de vida de la población, la migración a las ciudades y el poco acceso a métodos anticonceptivos. El país experimentó en estos años un rápido crecimiento de sus ciudades, mayor demanda de servicios, escuelas y hospitales; y un crecimiento de la oferta laboral. A la vez, los problemas de contaminación, desigualdad y demanda de recursos se incentivaron ante la ausencia de planeación demográfica.

 

En 1970, la fecundidad cayó a 6.5 hijos por mujer, y comenzó a disminuir gradualmente. Para 2020, la tasa global de fecundidad pasó de 1.9 a 1.2 en el mismo periodo. Hoy experimentamos un crecimiento poblacional cada vez más lento, una población envejecida y tasas de nacimiento comparables a las de países como China, Japón, Corea del Sur y algunas naciones europeas.

 

Nuestros padres y abuelos trabajaron largas jornadas para darnos casa, vestido y sustento, pero las condiciones no son las mismas: tan solo en 1970, adquirir una casa costaba de 10 a 20 años de salario, la escolaridad rondaba los 3.4 años de estudio, la esperanza de vida era de 62 años y la mediana de edad era de 17 años. Esto representaba una mayor fuerza laboral en proporción a los adultos mayores, mayor accesibilidad a la vivienda y menor competencia laboral y profesional, ya que en esos años vivieron las primeras generaciones del México contemporáneo que terminaron la educación básica e ingresaron a la educación superior.

El Milagro de Sobrevivir

Durante la Explosión Demográfica, aunque no siempre bajo la mejor planeación, el trabajo era accesible para la población gracias a la industrialización y el crecimiento de las ciudades. Hoy día, hay un desajuste entre la formación de la población trabajadora y los empleos dignos disponibles. El auge de nuevos esquemas laborales como la subcontratación, empleos temporales y la informalidad nos llevan a cuestionar si realmente las políticas públicas están diseñadas para que los trabajadores construyan una vida digna o para que estemos siempre disponibles a aceptar condiciones laborales desfavorables.

 

En contraste con el México de los Boomers y los Gen-X, en 2025 se estima que adquirir una casa costaría de 20 a 35 años de ingresos, la escolaridad alcanzó los 10 años, la esperanza de vida se elevó a 75 años, la mediana de edad subió a 32 años y el número de egresados profesionales superó al mercado laboral disponible. Las condiciones de vida mejoraron, pero el costo de vida es cada vez mayor, hay un incremento en la competitividad laboral y hemos visto un aumento en los cuidados por parte de las personas en edad laboral sobre sus adultos mayores.

 

Las dinámicas sociales cambiaron en consecuencia: ya no se necesitan tantas personas que construyan el país moderno y próspero que prometía el Milagro Mexicano; antes bien se ocupa una población capaz de sostener y cuidar a una población cada vez más envejecida y enfrentar los retos que supone una economía con mayor escolaridad, competencia laboral e informalidad.

Tu eterno destino por el dedo de Dios se escribió

En cualquier búsqueda en redes sociales nos encontraremos con comentarios como “no tengo tiempo ni para mí”, “¿para qué traer niños a un país cada vez más inseguro” o “me endeudé por comprar un pantalón, no podría mantener a un niño”. Estos comentarios reflejan a su vez el cambio social y económico que las generaciones jóvenes están experimentando. No todas ellas se asocian con decisiones personales, sino con condiciones estructurales; condiciones que se deciden en los cuerpos de gobierno y que se ejecutan como políticas públicas.

 

Durante la Mañanera, la Presidenta mencionó que hay países con una tasa de natalidad tan baja que sus gobiernos han comenzado a buscar la forma de incentivar la procreación, muchas veces sin éxito; y que el Gobierno Federal debe evaluar qué se ha intentado en otros lugares y qué está pasando en México para tomar las decisiones pertinentes. Desde la Presidencia se asume que la participación laboral femenina y el acceso a la seguridad social influyen en retrasar o descartar la maternidad.

 

Lo cierto es que el INEGI periódicamente publica los resultados de sus encuestas. Para hablar de natalidad en particular, tomé datos de la Encuesta Intercensal (EIC), la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) y la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE), todas ellas con fecha de 2025.

 

Partiendo de lo anterior, me propuse evaluar la relación entre natalidad y acceso al trabajo, condiciones laborales, movilidad, estructura demográfica, educación, acceso a la salud y seguridad pública. Para ello, tomé el porcentaje de la población económicamente activa ocupada (en general y en específico de las mujeres), la informalidad laboral, el salario percibido, la jornada semanal, el porcentaje de asalariados con prestaciones laborales, el tiempo de traslado al trabajo, los porcentajes de casas propias y de urbanización de cada estado, los años de estudio de la población (en general y por sexo), la afiliación a los servicio de salud, la percepción de inseguridad de los pobladores de cada entidad federativa y la cantidad de delitos registrados por estado (criminalidad registrada).

 

Curiosamente, la jornada laboral máxima es de 48 horas para cada estado del país, lo que ya dice mucho por sí mismo (¡la mayor parte del país dedica hasta 6 días al trabajo!), pero no es útil en un análisis estadístico. La población femenina económicamente activa ocupada sí tiene una relación negativa con la natalidad, pero no es significativa a nivel estadístico. Este dato en particular contradice a lo que presume nuestra Ejecutiva Federal. Lo mismo sucede con la escolaridad por sexo: tanto hombres como mujeres reportan menos hijos a mayor cantidad de años de estudio, y ambas relaciones son significativas. En este análisis, no hay diferencias de género significativas en relación al trabajo, la educación y la procreación. La percepción de inseguridad no es significativa con la natalidad, pero sí la criminalidad registrada en cada entidad: se observa que mientras más delitos se cometen, menos hijos nacen.

 

Con todo ello, mi modelo incluyó el acceso al trabajo medido por la población económicamente activa ocupada, las condiciones laborales, el tiempo de traslado al trabajo, porcentajes de casas propias y de urbanización, años de estudio, afiliación a los servicios de salud y criminalidad registrada. A propósito, las tres condiciones laborales que sí resultaron significativas, me ayudaron a construir un índice de calidad del trabajo como una medida global para evaluarlo.

 

Cuando comparamos la natalidad con el acceso y calidad del trabajo, y el tiempo de traslado a él, encontramos que los estados con mayor población ocupada tienden a tener más hijos, pero también aquellos con menor calidad laboral. Considerando que esta se mide por la informalidad, salarios y prestaciones, tiene todo el sentido que los estados con menores puntuaciones sean Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, donde la economía es principalmente rural. En relación con la natalidad, importa más acceder al trabajo a que este tenga mejores índices de calidad.

 

Estados como Nuevo León y el Estado y Ciudad de México, así como Quintana Roo son los que pasan mayor tiempo en el traslado a su centro de trabajo, y la comparación es evidente con el resto del país. Estos son precisamente los estados con menor natalidad, por lo que es defendible que las personas no tengan tiempo ni para sí mismas: además de una jornada de al menos 8 horas, seis días a la semana, consumen alrededor de 2 horas entre ir a trabajar y regresar a su casa. Dedicarle a los hijos no suena tan prometedor en estos contextos.

 

 

Por otra parte, el acceso a la educación y a la salud parecen retrasar la paternidad y la maternidad, de la misma manera que la criminalidad registrada en un estado. Nótese que los estados con mayores niveles de educación son los que menos nacimientos registran, a la vez que la violencia también afecta a los nacimientos. Claro que las familias van a pensar “¿para qué voy a tener hijos si luego me los desaparecen?”. Nuevamente, el Estado y Ciudad de México encabezan la lista de entidades violentas, a la vez de las más educadas, pero no así con el acceso a la salud (ese lugar se lo lleva el Norte del país).

 

Si todo ello no nos dice nada de la natalidad en el país, solo nos falta hablar del acceso a la vivienda. Los estados que tienen más hijos (claramente en el sur de México) también son los que cuentan con más viviendas propias, en comparación con la capital del país y otras zonas metropolitanas, como Jalisco, Quintana Roo y el Estado de México. Evidentemente, la urbanización afecta a la posibilidad de contar con una casa propia, y a su vez a la posibilidad de tener hijos.

 

¿Y cómo se encuentra mi estado?

Evaluar cada variable individual por entidad nos da mucha información de las condiciones de vida en cada una, pero también es algo tedioso. Por ello, agrupé a los estados del país de acuerdo con las mediciones antes presentadas, e identifiqué cuatro grupos:

1. Metrópolis consolidadas: son los estados con un alto porcentaje de población ocupada y los que mejores condiciones laborales tienen, pero que gastan alrededor de una hora en promedio en trasladarse de su casa al trabajo y viceversa. A la vez, el 65% de sus casas es propia y son zonas altamente urbanizadas con una escolaridad alta y criminalidad registrada intermedia. El acceso al empleo formal y de calidad, y el acceso a la salud pueden influir en la planificación familiar, ya que su natalidad es baja-intermedia, reportando 1.86 hijas e hijos nacidos vivos por mujer. Puede decirse que los estado que están en este grupo tienen un entorno urbano protegido.
2. Urbano vulnerable: seguimos hablando de estados altamente urbanizados y escolarizados, con una gran parte de su población ocupada, pero tienen el reto de vivir en condiciones laborales precarias. Este grupo gasta alrededor de 45 minutos del día en trasportarse entre su casa y su trabajo, y cerca del 75% de su población cuenta con acceso a servicios de salud. Su criminalidad registrada y natalidad son intermedias (2.01 hijas e hijos nacidos vivos por mujer). Este es el grupo más numeroso de los cuatro.

3. Rural en desarrollo: son los estados menos urbanizados y con menor cantidad de años de estudio. Su economía ocupa al 98% de su población económicamente activa, y depende principalmente de actividades agrícolas. Tienen a su vez el índice más bajo de calidad del trabajo. Sin embargo, son los que menos tiempo consumen al día en trasladarse de su casa a su lugar de trabajo y viceversa (apenas media hora al día por los dos recorridos). También son el grupo que cuenta con el mayor porcentaje de casas propias y menores índices de criminalidad reportada, aunque también con el menor acceso a la salud. Este grupo tiene la natalidad más alta, con 2.21 hijas e hijos nacidos vivos por mujer.

4. Grandes urbes: son similares en condiciones a las Metrópolis consolidadas, pero con una cantidad mayor de problemas: son los que tienen el menor porcentaje de casas propias y los mayores índices de criminalidad, en los que su población pasa dos horas al día trasladándose entre su casa y su lugar de trabajo y menor afiliación a los servicios de salud. Este grupo es el que tiene la menor natalidad del país con 1.64 hijas e hijos nacidos vivos por mujer. También son el grupo con población que más años pasa en la escuela y los estados más urbanizados de México, a la vez que los más congestionados. Aquí, el costo de vida es mayor y tener hijos es todo un reto.

Para comparar los grupos, podemos resumir sus características:

Características

Metrópolis consolidadas

Urbano vulnerable

Rural en desarrollo

Grandes urbes

Natalidad

1.86

2.01

2.21

1.64

Población económicamente activa ocupada

97%

97%

98%

97%

Calidad del trabajo

0.78

-0.14

-0.78

0.36

Movilidad

27 min

23 min

15 min

60 min

Casas propias

65%

71%

72%

56%

Urbanización

86%

70%

49%

89%

Escolaridad

10.79 años

10.21 años

9.05 años

11.07 años

Afiliación a servicios de salud

83%

74%

56%

73%

Criminalidad registrada (delitos por cada 100,000 habitantes)

22,000

21,000

17,000

30,000

 

Menos discursos, más datos

Como mencioné, todo esto lo construí con datos abiertos del INEGI. Esta es solo una propuesta de tantas posibles para evaluar la natalidad en el país, como la puede ser cualquier otra que considere variables diferentes.

 

La discusión sobre la baja natalidad no puede reducirse a preguntarle a las y los jóvenes por qué no quieren tener hijos, ni a suponer que una sola variable explica por sí sola el cambio demográfico. Los datos muestran un fenómeno más complejo: la natalidad es menor en los estados más urbanizados, escolarizados y violentos, así como en aquellos donde las personas pasan más tiempo trasladándose entre su casa y el trabajo y tienen mayores dificultades para acceder a una vivienda propia.

 

En consecuencia, el Estado debe preguntarse por qué estudiar más, trabajar más horas, trasladarse durante más tiempo y vivir en ciudades más caras no se traduce en mejores condiciones para formar una familia, si las personas así lo desean. La autonomía reproductiva no consiste únicamente en poder decidir cuántos hijos tener, sino también en contar con condiciones materiales que hagan posible esa decisión.

 

Mis resultados muestran relaciones entre natalidad, escolaridad, criminalidad, vivienda, movilidad y condiciones laborales, pero una relación estadística no demuestra por sí sola que una variable cause otra. Aun así, sí permite rechazar las explicaciones fáciles: no basta con culpar a las mujeres por trabajar, a los jóvenes por ser egoístas ni a las generaciones actuales por no querer repetir la vida de sus padres.

 

México no necesita que su población sea presionada para reproducirse. Necesita políticas que hagan compatible la vida familiar con un empleo digno, una vivienda accesible, traslados razonables, servicios de salud, seguridad y tiempo libre. Si el gobierno quiere saber por qué nacen menos niñas y niños, tiene a su disposición instituciones estadísticas, encuestas y herramientas para analizar la realidad del país. Si una persona con una computadora puede consultar la información pública, procesarla y encontrar patrones que ayudan a explicar el descenso de la natalidad, las instituciones responsables de diseñar políticas públicas deberían hacer mucho más que expresar preocupación. La natalidad no se recupera con discursos: se decide en contextos de vida.