Mientras millones de personas celebran la Copa del Mundo, existe otra realidad que permanece en los márgenes del espectáculo. Uno de los países anfitriones atraviesa una crisis de violencia armada que, con frecuencia, parece normalizada. Hablamos de un país donde los tiroteos masivos forman parte de la conversación cotidiana, donde el acceso a las armas continúa siendo extraordinariamente amplio y donde la seguridad de quienes habitan o visitan su territorio depende, muchas veces, más del azar que de una política pública eficaz.
Paradójicamente, cuando se habla de riesgos para los turistas, la narrativa suele concentrarse casi exclusivamente en México. Las alertas de viaje, las notas internacionales y las conversaciones públicas insisten en señalar al país como un destino inherentemente peligroso. Sin embargo, pocas veces se recuerda que Estados Unidos también enfrenta una violencia persistente que afecta tanto a su población como a visitantes extranjeros. Durante este Mundial incluso se han registrado hechos violentos en zonas relacionadas con la celebración del torneo, recordándonos que ningún país es inmune cuando existen problemas estructurales que no han sido resueltos.
A ello se suma un aspecto todavía más preocupante: el trato que reciben muchas personas migrantes. El caso de Lorenzo Salgado, migrante mexicano que perdió la vida tras ser confundido por agentes migratorios cuando simplemente se dirigía a trabajar, vuelve a poner sobre la mesa el enorme poder discrecional de las autoridades y las consecuencias irreparables que pueden derivarse de actuaciones equivocadas. Más allá de la investigación correspondiente, el hecho obliga a preguntarnos cuántas personas viven diariamente bajo el temor de convertirse en un error administrativo o policial.
También resulta imposible ignorar los episodios de discriminación y xenofobia que han acompañado esta Copa del Mundo. Desde restricciones y tensiones diplomáticas con algunas selecciones hasta actos de hostilidad contra comunidades migrantes y aficionados extranjeros, el deporte vuelve a demostrar que no puede separarse del contexto político en el que ocurre. El fútbol une durante noventa minutos, pero las fronteras, los prejuicios y las decisiones gubernamentales siguen presentes antes y después del silbatazo inicial.
Todo esto invita a una reflexión más amplia sobre la manera en que construimos nuestras narrativas de seguridad. Criticar los problemas de México es necesario; negarlos sería irresponsable. Pero también lo es cuestionar el doble rasero con el que frecuentemente se evalúan distintos países. Mientras algunos son definidos casi exclusivamente por su violencia, otros logran que ésta permanezca diluida entre el espectáculo, la mercadotecnia y el poder de sus industrias culturales.
Quizá el problema no sea solamente la inseguridad. El problema es qué inseguridad decidimos mirar y cuál preferimos invisibilizar.
Porque criticar a nuestros gobiernos es una obligación democrática. Pero aceptar sin cuestionar los discursos que presentan a unos países como el problema y a otros como el modelo, aun cuando enfrentan crisis igualmente graves, también implica renunciar al pensamiento crítico.

