Hace algún tiempo hice un abordaje sobre el aumento de conductas delictivas cometidas por adolescentes. En aquella ocasión señalé que la respuesta no debía centrarse únicamente en aumentar la prisionalización o endurecer las sanciones, sino en fortalecer las estrategias de prevención, la atención temprana y la construcción de entornos seguros. Sin embargo, pese a que los indicadores y los hechos cotidianos muestran que la problemática continúa creciendo, todo parece indicar que sigue sin ocupar un lugar prioritario en la agenda pública.
Más allá de las cifras, resulta indispensable preguntarnos qué estamos enseñando a las nuevas generaciones. La normalización de la violencia ha dejado de sorprendernos. Hoy forma parte de la vida cotidiana: aparece en las calles, en las escuelas, en los hogares, en las redes sociales y en los discursos públicos. Poco a poco hemos aprendido a convivir con ella hasta el punto de convertirla en paisaje.
La infancia no es ajena a este fenómeno. Desde edades muy tempranas, niñas, niños y adolescentes observan que la violencia suele convertirse en un mecanismo para obtener reconocimiento, imponer autoridad, resolver conflictos o alcanzar poder. Cuando ese aprendizaje se repite una y otra vez, la agresión deja de verse como una excepción y comienza a asumirse como una forma legítima de relacionarse con los demás.
No se trata de afirmar que toda persona expuesta a contextos violentos terminará involucrándose en actividades delictivas. La conducta humana es mucho más compleja y responde a múltiples factores sociales, familiares, económicos y psicológicos. Sin embargo, tampoco podemos ignorar que crecer en ambientes donde la violencia es constante modifica la forma en que se comprende el mundo y las relaciones sociales.
Mientras el debate público suele concentrarse en castigar a quienes ya cometieron un delito, pocas veces se discute con la misma intensidad cómo prevenir que más adolescentes lleguen a ese punto. Hablar de prevención implica invertir en educación, salud mental, espacios comunitarios, deporte, cultura, atención a las familias y políticas públicas sostenidas, no únicamente en respuestas punitivas.
Quizá la pregunta más incómoda no sea por qué cada vez más adolescentes participan en conductas criminales, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la violencia se vuelve parte de la vida diaria y deja de indignarnos. Porque ninguna estrategia de seguridad será suficiente si seguimos formando generaciones que aprenden, desde la infancia, que el poder se ejerce mediante la fuerza, la intimidación o el miedo.
La prevención no comienza cuando un adolescente entra en conflicto con la ley. Comienza mucho antes: en la forma en que educamos, en los ejemplos que ofrecemos y en la capacidad del Estado y de la sociedad para garantizar condiciones de vida dignas. Mientras esas causas permanezcan intactas, seguiremos reaccionando a las consecuencias en lugar de transformar el origen del problema.

