Se terminó la capacidad de maniobra de Andrés Manuel López Obrador. En el presidencialismo mexicano hay una regla histórica que rara vez admite excepciones: el poder no se comparte. Y esa parece ser la enseñanza que el expresidente todavía no termina de entender. Claudia Sheinbaum ocupa hoy la Presidencia de la República y cualquier intento de mantener centros paralelos de influencia no fortalece al movimiento que López Obrador construyó: lo convierte en un factor de inestabilidad para su propia sucesora.
El caso de Rubén Rocha Moya es quizá una de las mejores muestras de esa tensión.
Durante meses, Rocha tuvo algo que en política vale oro: el respaldo de los suyos. Desde Morena se cerraron filas frente a los señalamientos provenientes de Estados Unidos y se defendió la necesidad de esperar pruebas y respetar el debido proceso.
Pero algo cambió.
Porque cuando Rocha Moya decidió regresar a la gubernatura de Sinaloa, después de más de tres meses de licencia, ocurrió algo políticamente revelador: los mismos que antes lo respaldaban comenzaron a tomar distancia.
La Secretaría de Gobernación tuvo que aclarar que su regreso había sido una decisión exclusivamente personal. Morena se deslindó. Legisladores de su propio partido le pidieron reconsiderarlo. Y la presidenta Claudia Sheinbaum terminó reconociendo que su reincorporación no le parecía pertinente.
¿Entonces qué pasó?
Rocha simplemente notificó que regresaba y retomó el gobierno mientras las investigaciones relacionadas con los señalamientos de Estados Unidos continúan abiertas. Y aunque su licencia temporal permitía jurídicamente discutir su reincorporación, políticamente actuó como si el contexto, su partido y la crisis que rodea su caso fueran secundarios.
Duró poco.
Apenas unas 34 horas después tuvo que volver a solicitar licencia.
Y aquí está lo verdaderamente preocupante.
Hace apenas unos días, Omar García Harfuch recibía reconocimiento internacional por la cooperación y los resultados de México contra el crimen organizado. Desde la DEA se elogiaron públicamente su liderazgo y su trabajo en materia de seguridad.
Mientras una parte del Gobierno mexicano intenta construir credibilidad frente a Washington en el combate a los cárteles, un gobernador de Morena señalado por autoridades estadounidenses decide regresar por cuenta propia, provoca un conflicto dentro de su propio movimiento y obliga nuevamente al oficialismo a explicar lo inexplicable.
Pero el episodio también deja una pregunta de fondo: ¿Rocha actuó realmente solo o creyó que todavía existía otro centro de poder capaz de respaldarlo?
Porque si algunos actores de Morena siguen comportándose bajo las lealtades, códigos y equilibrios del sexenio anterior, el problema para Sheinbaum es mucho mayor que un gobernador incómodo.
El poder presidencial mexicano difícilmente admite dos centros de gravedad.
Rocha volvió porque quiso. Morena se deslindó. La Presidencia marcó distancia. Y poco más de un día después, otra vez licencia.
Más que una estrategia política, parece improvisación. Y más que un problema exclusivamente de Rocha, comienza a revelar la batalla de Morena por entender quién ejerce hoy el poder.
La pregunta entonces ya no es solamente qué va a pasar con Rubén Rocha Moya.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿Entenderá López Obrador que su tiempo terminó y que intentar conservar poder después del poder puede convertirse en el principal factor de inestabilidad del gobierno que él mismo ayudó a construir?

