Los Tocables
México en la mira
Por Héctor Guerrero
La política exterior tiene una particularidad que la distingue de casi cualquier otra actividad gubernamental: los errores de diagnóstico suelen ser más costosos que los errores de ejecución. Una decisión equivocada puede corregirse con el tiempo. Una realidad mal interpretada suele convertirse en crisis.
Por ello llama la atención la tranquilidad con la que el gobierno mexicano ha decidido leer los mensajes que llegan desde Washington. Mientras en Palacio Nacional se insiste en que la relación bilateral atraviesa un momento positivo, al norte de la frontera se acumulan señales que sugieren exactamente lo contrario.
No se trata de un comentario aislado ni de una excentricidad atribuible al carácter de Donald Trump. Tampoco de la opinión personal de algún funcionario menor en busca de notoriedad. Lo que se observa es una narrativa que se reproduce desde distintos niveles de poder en Estados Unidos. Una narrativa que tiene un eje común y perfectamente identificable. México comienza a ser presentado como un problema creciente para la seguridad nacional estadounidense.
Ls declaraciones pronunciadas por Trump durante la reunión del G7 no pueden despacharse como una simple provocación. Cuando el presidente de Estados Unidos afirma frente a los principales líderes del mundo que amplias zonas de México están bajo influencia de organizaciones criminales, está fijando una posición política. Está construyendo una percepción internacional sobre nuestro país. Está definiendo un problema ante la opinión pública global. Y está preparando el terreno para decisiones futuras que puedan justificarse bajo ese argumento.
La respuesta mexicana consistió en minimizar el episodio. Se habló del estilo personal de Trump, de sus excesos verbales y de su inclinación a la confrontación. Se sugirió incluso que algunas declaraciones correspondían más a intereses internos estadounidenses que a una política de Estado.
El razonamiento tendría sentido si los mensajes provinieran exclusivamente del presidente. Sin embargo, el problema es precisamente el contrario. Las mismas ideas están siendo repetidas por distintos actores del aparato gubernamental estadounidense.
El vicepresidente de Estados Unidos declaró que su país se reserva el derecho de actuar contra organizaciones criminales si considera amenazada su seguridad. Funcionarios de alto nivel han advertido que servidores públicos vinculados a esquemas de corrupción podrían convertirse en objetivos de futuras acciones.
Las agencias de seguridad insisten en describir a los cárteles mexicanos como amenazas estratégicas. Diversos legisladores exigen medidas más agresivas para enfrentar el problema. Todos parecen hablar desde oficinas distintas, pero todos apuntan hacia la misma dirección.
Trump habla de territorios dominados por el crimen organizado. El vicepresidente habla de posibles acciones directas más allá de la cooperación tradicional. Los organismos de inteligencia hablan de amenazas para la seguridad nacional. Funcionarios especializados hablan de corrupción institucional y redes de protección política. Los temas parecen diferentes a primera vista. Sin embargo, forman parte de una misma construcción narrativa. Las piezas encajan con demasiada precisión para atribuirlas a una simple coincidencia.
Por eso resulta difícil aceptar la explicación según la cual los problemas provienen únicamente de alguna funcionaria en Nueva York o de sectores particularmente radicales de la administración estadounidense. Las narrativas de Estado no suelen surgir por accidente. Cuando múltiples actores repiten simultáneamente un mismo diagnóstico, lo razonable es concluir que existe una visión compartida sobre el problema. Lo preocupante es que esa visión comienza a consolidarse. Y el problema, desde …

