El costo de los boletos para la Copa del Mundo de 2026 se ha convertido en uno de los temas más sensibles en la antesala del torneo que se disputará en México, Estados Unidos y Canadá. Frente a las críticas de aficionados y legisladores en Estados Unidos, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, defendió la política de precios al argumentar que responde a una demanda sin precedentes y a la dinámica del mercado deportivo en Norteamérica.
Durante su participación en la Milken Institute Global Conference, celebrada en Beverly Hills, Infantino sostuvo que la presión sobre los precios está directamente vinculada al interés global por el torneo. Según el dirigente, la FIFA ha recibido más de 500 millones de solicitudes de boletos antes del inicio de la venta oficial, una cifra que supera ampliamente los registros de ediciones anteriores.
El contraste es significativo. Los Mundiales de Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018 y Copa Mundial de la FIFA Qatar 2022 acumularon menos de 50 millones de solicitudes en etapas comparables. El salto cuantitativo no solo refleja el crecimiento del torneo, sino también el efecto de un mercado ampliado en tres países sede.
Infantino planteó que el problema no se limita al precio base de las entradas, sino a su comportamiento posterior en el mercado. “Los compran en reventa y más caros”, señaló, en referencia a plataformas donde los boletos alcanzan valores significativamente superiores a los oficiales. Esta dinámica, según su argumento, distorsiona la percepción pública del costo real.
El contexto estadounidense también influye en la fijación de precios. El dirigente explicó que el mercado deportivo en ese país opera con estándares elevados incluso en ligas universitarias, lo que condiciona las expectativas comerciales de eventos de escala global como el Mundial. Bajo esa lógica, la FIFA busca alinearse a un entorno donde el valor del espectáculo se define en función de la demanda y la capacidad de pago del público.
Sin embargo, el planteamiento no ha disipado las críticas. Legisladores y organizaciones de consumidores han cuestionado el acceso a los boletos y la posibilidad de que amplios sectores de aficionados queden excluidos por razones económicas. El debate se centra en si el modelo actual prioriza ingresos sobre accesibilidad, en un torneo que históricamente ha buscado proyectarse como un evento global.
El Mundial de 2026 marcará un cambio en escala y formato, con más selecciones participantes y un calendario ampliado. Ese crecimiento también implica una mayor presión logística y comercial, donde la venta de boletos representa una de las principales fuentes de ingresos para el organismo.
La discusión sobre precios no está cerrada. A medida que se acerque el inicio del torneo, el comportamiento del mercado —tanto en ventas oficiales como en reventa— será determinante para evaluar si la estrategia de la FIFA logra equilibrar rentabilidad y acceso en uno de los eventos deportivos más relevantes del mundo.

