Por Cindy Iveth Pulido Sánchez
El título de esta columna es cortesía de uno de los intelectuales que más admiro: José Luis Camacho. Un gran amigo, una gran persona y, sobre todo, un mentor a quien agradezco profundamente tantas enseñanzas en este oficio que es el periodismo. José Luis me ha mostrado un montón de cosas sobre la forma de mirar la política, cuestionar el poder y entender que informar también implica asumir una responsabilidad frente a quienes nos leen. Por eso, hoy retomo una de sus frases, porque pocas expresiones describen tan bien el ambiente político y mediático de esta semana: el que repite el vituperio, vitupera. Y esto surge porque, cuando la crítica deja de ser un ejercicio de análisis para convertirse en la repetición automática de consignas, el debate público se reduce no a ruido sino a escándalo.
Primer Vituperio de la Semana: La Prueba Pisa y los milagros de Bukele
Uno de los temas que más llamó la atención fue la discusión sobre la Nueva Escuela Mexicana y los resultados de México en la prueba PISA. Como era de esperarse, algunos medios convencionales encontraron en las cifras una oportunidad para decretar el fracaso absoluto del modelo educativo, mientras presentaban a El Salvador, bajo el gobierno de Nayib Bukele, como una especie de nueva potencia educativa latinoamericana. El problema no está en cuestionar los resultados mexicanos; al contrario, es responsabilidad de TODOS LOS MEXICANOS hacerlo. El problema es que se utilizan los datos de manera selectiva y se presenta como una realidad nacional lo que corresponde a un programa piloto aplicado en poco más de mil escuelas salvadoreñas. ¿Desde cuándo una evaluación parcial puede convertirse, sin más, en el retrato completo de un sistema educativo? La pregunta es pertinente, sobre todo cuando el entusiasmo por Bukele parece llevar a algunos comentaristas a olvidar que la educación no se mide con propaganda, sino con evidencia.
Ahora bien, tampoco se trata de defender a ciegas a la Nueva Escuela Mexicana. Los resultados de PISA deben tomarse con seriedad. La OCDE ha documentado que México enfrenta dificultades importantes en matemáticas, lectura y ciencias, y que el desempeño de los estudiantes continúa por debajo del promedio de los países integrantes de la organización. En PISA 2022, por ejemplo, México obtuvo 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias. La propia OCDE señaló que el desempeño en matemáticas y ciencias disminuyó respecto de 2018, mientras que lectura se mantuvo relativamente estable. Lo anterior responde a un panorama que exige revisar políticas públicas, formación docente, materiales educativos, desigualdades sociales y condiciones de aprendizaje que además, empiezan a integrar poblaciones históricamente vulneradas. Al mismo tiempo, lo que no exige es convertir una prueba internacional en un arma partidista ni utilizar a El Salvador como una postal de éxito sin explicar qué población fue evaluada, bajo qué condiciones y con qué alcance. Si queremos hablar de educación, hablemos de educación; si queremos hacer oposición, al menos tengamos la honestidad de no disfrazarla de análisis.
Segunda Vituperante: Las “Mariguanas” por Anabel Hernández.
La segunda vituperancia de la semana llegó de la mano de Anabel Hernández, quien aseguró que Claudia Sheinbaum había incrementado su consumo de marihuana. Una afirmación de semejante calibre, de la que se enteró porque “fuentes cercanas se lo dijeron”, no constituye periodismo de investigación. Y si las fuentes son las de Bellas Artes, como diría cualquier persona con un mínimo de sentido del humor, entonces estamos ante un asunto digno de una sobremesa, no de una discusión seria sobre el ejercicio del poder. Lo preocupante no es únicamente lo absurdo de la declaración, sino que haya quienes decidan reproducirla como si se tratara de información relevante para evaluar al gobierno. ¿Por qué dedicar tanta energía a una ocurrencia cuando existen problemas reales que pueden y deben ser investigados? La seguridad pública, la economía, la transparencia, los servicios de salud, la corrupción y el desempeño de las instituciones ofrecen suficientes motivos para ejercer una crítica rigurosa.
Y en ese mismo tenor, apareció Lily Téllez, siempre dispuesta a presentarse como la gran voz opositora y crítica del país, aunque con demasiada frecuencia sus intervenciones terminan concentradas en descalificaciones, ocurrencias o señalamientos que poco aportan al debate público. Esta vez decidió colgarse de las afirmaciones sobre la supuesta marihuana de la presidenta, como si repetir una acusación sin sustento la convirtiera automáticamente en verdad. El mensaje que transmite su intervención parece reducirse a una suerte de “pobrecita mujer, le quedó grande el saco”, una expresión que no sólo resulta condescendiente, sino que abre una pregunta incómoda: ¿no estamos frente a una forma de violencia política de género? Porque una cosa es cuestionar las decisiones, políticas y resultados de una presidenta, y otra muy distinta es recurrir a insinuaciones personales, burlas o descalificaciones que descansan en prejuicios sobre su capacidad por ser mujer. Mi para nada estimada Lily Téllez: la crítica política no necesita misoginia para ser contundente.
Algunas historias que SÍ deberíamos escuchar
El INE y la disputa por el Diseño Gráfico.
En otro frente, el Instituto Nacional Electoral volvió a colocarse en el centro de la conversación pública, esta vez por el cambio de su imagen institucional al color lila, después de que el partido Somos utilizara el rosa mexicano. De acuerdo con lo publicado por La Jornada, la consejera presidenta, Guadalupe Taddei, justificó la modificación señalando que el instituto había “perdido el rosa” y que era necesario evitar que otra organización política utilizara el color institucional del INE. La explicación deja una pregunta bastante sencilla: ¿es más poderoso un partido político de reciente creación que una institución encargada de organizar las elecciones? Porque si el argumento para modificar una identidad institucional consolidada es que un partido llegó antes a un color, entonces quizá estamos confundiendo la autonomía de un órgano electoral con una competencia de diseño gráfico. El INE tiene responsabilidades enormes: organizar procesos electorales, garantizar condiciones de equidad, fiscalizar recursos y contribuir a la confianza ciudadana. En ese contexto, la discusión sobre su presupuesto y sus prioridades debería ser mucho más profunda que una disputa cromática.
Veracruz y sus monstruos aterradores: Presupuesto Cultural.
Y hablando de recursos públicos, resulta inevitable detenernos en el Festival del Mar de Veracruz. La información difundida a partir de documentos oficiales señala que la Secretaría de Cultura de Veracruz contrató conjuntamente a Diego Ruzzarín y Farid Dieck por 864 mil 200 pesos, IVA incluido, para participar en el festival. El contrato contempla las presentaciones de ambos creadores de contenido, incluyendo hospedaje en hotel 5 estrellas en Coatzacalcos (disponible en los documentos públicos, por cierto) aunque no desglosa cuánto correspondió individualmente a cada uno. Es importante precisar esto, porque una cosa es cuestionar el uso del dinero público y otra atribuir cantidades que no están acreditadas. Dicho lo anterior, la pregunta de fondo permanece: ¿qué criterios se utilizan para decidir que dos conferencias, de aproximadamente una hora cada una, merecen una inversión de ese tamaño? No se trata de negar el valor de la divulgación, de las experiencias personales o de las reflexiones sobre la vida; sino de preguntarnos si ese gasto representa la mejor manera de cumplir con los objetivos de una institución cultural.
Porque, mientras se destinan cientos de miles de pesos a contratar a influencers “intelectuales”, existen comunidades que necesitan bibliotecas, talleres permanentes, materiales para actividades culturales en familia, programas de fomento a la lectura y espacios donde niñas, niños, adolescentes y personas adultas puedan desarrollar habilidades que permanezcan mucho después de que termine un festival. ¿Cuántos círculos de lectura podrían organizarse? ¿Cuántos talleres de escritura, teatro, música o artes plásticas podrían sostenerse durante meses? ¿Cuántos proyectos comunitarios podrían fortalecerse con una inversión de esa naturaleza? Incluso si se decidiera contratar a los mismos ponentes, habría que exigir transparencia sobre sus honorarios, los criterios de selección, los resultados esperados y la evaluación del impacto. La cultura no debe reducirse a un espectáculo de nombres conocidos ni a una fotografía para redes sociales. Si el dinero es público, la discusión sobre su destino también debe ser pública.
Lo que hemos visto esta semana es una oposición que, en demasiadas ocasiones, parece confundir la crítica con la repetición de cualquier acusación que pueda generar indignación. Se cuestionan los resultados educativos, pero se omiten los matices metodológicos; se repiten señalamientos personales sin evidencia, mientras se ignoran problemas verificables; se aprovechan declaraciones absurdas para construir narrativas políticas y se presentan disputas institucionales como si fueran grandes batallas por la democracia. La oposición tiene todo el derecho de cuestionar al gobierno, de señalar errores y de exigir rendición de cuentas. Lo que no debería hacer es desperdiciar esa posibilidad en una sucesión de vituperios, repetir mucho una mentira, no la convierte en verdad; únicamente amplifica el ruido.
Y a usted, que me lee, quisiera preguntarle: ¿por qué, si hay tantos temas que merecen una crítica seria, la oposición se enfrasca en señalar absurdos? ¿Por qué, si existen problemas concretos en materia de educación, seguridad, presupuesto, transparencia y funcionamiento institucional, se prefiere recurrir a la burla, la insinuación y la desinformación? ¿Será que resulta más sencillo construir una narrativa con una ocurrencia que sostener una investigación con documentos? ¿Será que algunos actores políticos han olvidado que cuestionar al poder también implica responsabilidad? La crítica no necesita ser complaciente con el gobierno, pero tampoco puede renunciar a la inteligencia. All final, el que repite el vituperio, vitupera; y quien pretende hacer periodismo, debería aspirar a algo más que repetirlo.

