Por Armando Guzmán
El presidente Donald Trump y el Papa León XIV —el líder de la Iglesia católica nacido en Estados Unidos— han mantenido un inusual y acalorado intercambio público desde el fin de semana pasado.
En un ataque muy mordaz a través de Truth Social —la plataforma de redes sociales que lanzó en 2022—, Trump acusó al Papa de ser “DÉBIL” en materia de delincuencia y “TERRIBLE” en política exterior.
En una extensa publicación del 12 de abril de 2026, Trump instó al Papa a “centrarse en ser un gran Papa, y no un político”.
Más tarde, esa misma noche, Trump declaró a los periodistas: “No soy un gran admirador del Papa León”. Y como presidente de Estados Unidos añadió que no creía que el pontífice estuviera “haciendo un muy buen trabajo”.
El Papa León ha hecho reiterados llamados a la paz debido a la guerra en Medio Oriente, entre Estados Unidos, Israel e Irán. Y fue el mismísimo Papa quien calificó la amenaza lanzada por Trump el 7 de abril —acerca de destruir la civilización iraní— como “verdaderamente inaceptable”.
Varias horas después, a bordo de un vuelo papal con destino a Argel —donde inició una gira de 10 días por África—, el Papa León declaró a los periodistas que lo acompañaban que no deseaba entrar en un debate con Trump y que sus palabras “no pretendían ser ataques contra nadie”. No obstante, adoptando un tono firme, afirmó que no sentía “ningún temor” ante la administración Trump.
“No concibo mi papel como algo político, ni como el de un político”, afirmó el Papa, añadiendo:
“Seguiré alzando la voz con firmeza contra la guerra, buscando promover la paz, fomentando el diálogo y las relaciones multilaterales entre los Estados, con el fin de hallar soluciones justas a los problemas. Demasiadas personas sufren hoy en el mundo. Demasiados inocentes están siendo asesinados. Y creo que alguien debe dar un paso al frente y decir: ‘Existe una manera mejor de hacer las cosas’”.
El carácter público de las críticas de Trump puede parecer sin precedentes. Sin embargo, desde hace mucho tiempo han existido tensiones entre Estados Unidos y los esfuerzos del Vaticano por buscar la paz.
En Estados Unidos hay una amplia historia de anticatolicismo.
En febrero de 2016, el Papa Francisco criticó la promesa de campaña de Trump de construir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México. En aquella ocasión, Trump también arremetió contra el Papa Francisco, calificándolo de “persona muy política”.
Los asesores de Trump entonces también dijeron que el Papa estaba interfiriendo en la política estadounidense, y recordaron lo que muchos comentaristas habían llamado la “antigua intolerancia religiosa de los estados laicos”.
Pero Estados Unidos, a pesar de tratar de ser un Estado laico, no lo es, y aquí están tres ejemplos:
1. Desde 1864, Estados Unidos ha inscrito en su moneda la frase In God We Trust (“En Dios confío”). Esa misma frase, a partir de 1957, quedó impresa en todos los dólares estadounidenses de todas las denominaciones.
2. Todas las mañanas, las dos cámaras del Congreso inician en Washington sus sesiones con los capellanes del Congreso —sí, el Congreso mantiene y paga una oficina con varios capellanes multi-denominacionales— orando para que la sesión legislativa sea productiva. Los capellanes inician su oración con la frase: “Señor, estamos orando en tu santo nombre. Lord, in your holy name we pray”.
3. En todas las escuelas públicas de Estados Unidos, antes de iniciar clases, los niños recitan un juramento a la bandera en el que mencionan que “Estados Unidos es una sola nación indivisible, bajo Dios, con justicia y libertad para todos”.
Durante el siglo XIX, un gran número de católicos emigró de Europa a Estados Unidos. Desde entonces los católicos fueron vistos con recelo. Los estadounidenses de esa época —que en su mayoría pertenecían a grupos protestantes o aliados a las iglesias luteranas, metodistas y bautistas— sostenían que “los católicos mantenían lealtad a la Iglesia Católica Romana en primer lugar, y a los valores e instituciones estadounidenses en segundo lugar; por lo tanto, deberían ser tratados de manera distinta y con gran desconfianza”.
Las caricaturas anticatólicas sugerían que los católicos utilizarían el poder político para desmantelar las instituciones de la nación.
Así transcurrieron los años y, aun en los años cincuenta, resultaba “impensable” que los presidentes estadounidenses fueran vistos junto al Papa católico. Fue hasta que Dwight Eisenhower se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en visitar el Vaticano, en 1959, al Papa Juan XXIII.
Ese gesto coincidió con el reto que enfrentó ese mismo año el candidato demócrata a la presidencia, John Fitzgerald Kennedy, quien se vio forzado a convencer a los electores de que el hecho de ser católico no significaba que obedecería las órdenes del Papa y no el mandato de los estadounidenses.
Veinticinco años después, en 1984, bajo la presidencia de Ronald Reagan, Estados Unidos y el Vaticano establecieron relaciones diplomáticas. Esto ocurrió en medio de acusaciones contra Reagan de que no sabía cómo mantener la separación entre la Iglesia y el Estado.
Dos años antes había habido una visita de Estado del presidente Ronald Reagan al Papa Juan Pablo II en la Ciudad del Vaticano. Eso ocurrió el 7 de junio de 1982 y reflejó lo que entonces se dijo era una historia de cambios en el ámbito de la religión y la política estadounidense.
Eso selló una tradición: una cosa es la historia sobre las relaciones entre el papado y la Iglesia católica, y otra son las relaciones de Estados Unidos con la Iglesia católica.
La historia demuestra que esa unión entre el presidente Reagan y el líder de la Iglesia católica Juan Pablo II tenía una razón oculta que los años fueron revelando: la profunda dedicación de ambos líderes en contra del comunismo.
El Papa, en su natal Polonia, aun como cardenal había sido un activista anticomunista. Y junto con Reagan estaba dispuesto a ser socio y jugarse todo para derrotar al comunismo soviético.
El recelo europeo
Recientemente ha habido acusaciones en Italia de que el catolicismo a nivel mundial se ha visto influido por ideas estadounidenses. La realidad es que las enseñanzas católicas sobre la libertad religiosa y la democracia, así como la nueva sensibilidad respecto al papel de la mujer en la Iglesia, llegaron a Roma en gran medida gracias a la experiencia y la influencia de los católicos en Estados Unidos.
Tome usted en cuenta algo que el presidente Trump ignora, o quiere ignorar: que hoy en EE. UU. hay 441 muy activos obispos católicos y 17 cardenales no solo activos, sino muy influyentes tambien.
Solo Donald Trump no se da cuenta de que, a través de los años, el Vaticano y Washington han ejercido una influencia recíproca. La realidad es que siempre ha habido una “influencia mutua”.
Cómo el Papa Francisco transformó la política exterior de la Iglesia
Parte de este cambio, al menos desde la perspectiva del Vaticano, se refleja en la relación de la Iglesia con el poder político.
El predecesor del Papa Francisco, Joseph Ratzinger —quien se convirtió en el papa Benedicto XVI— pudo haber considerado a menudo las alianzas políticas como una necesidad para la supervivencia de la Iglesia en tiempos de declive secular. Pero el Papa Francisco rechazó este enfoque y pronunció en Kazajistán, en 2022, que... “Lo sagrado, no debe ser instrumentalizado por lo profano”.
En otras palabras, la religión no debería ser una herramienta en manos de los poderosos, no importa si el poder se los da una posición política o el dinero.
Así que, cuando usted ve que en Truth Social, la red social propiedad de Trump, el presidente acusó al Papa León XIV de “hacer concesiones a la izquierda radical”, ya hay agua navegada de por medio entre los dos. Donald Trump a veces olvida que Estados Unidos ya no es el Estados Unidos de los años cincuenta que tanto él añora.
Hoy alguien necesita informarle al presidente estadounidense que, en Estados Unidos, la fe católica es la que más se ha extendido a través de todo su territorio. Hoy, hay más de 70 millones de estadounidenses católicos. Eso convierte a Estados Unidos, de ser un país cuya mayoría religiosa fue protestante, en un país en el que la fe católica es la que predomina, con 440 muy activos obispos repartidos por todo el pais, y con 17 cardenales que tambien son muy activos y sobre todo muy influyentes.
A eso súmele el hecho de que, por primera vez, hay un pontífice católico nacido en EE. UU., y la frase del Papa: “Yo no le temo al gobierno de Trump”, y todo lo anterior adquiere una dimensión aún más grande.
Como decimos en México: para que la cuña apriete… necesita ser del mismo palo.

