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Solidaridad que no alcanza para casa

por Karla Pulido
13-02-2026

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México insiste en mandar ayuda a Cuba. No una vez, sino dos. Y ahora incluso abre la puerta a donativos para ampliar los cargamentos. El discurso es el de siempre: humanismo, solidaridad, hermandad latinoamericana.
Pero el problema no es el discurso.
El problema es la prioridad.
Porque mientras el gobierno mexicano se esfuerza por resolver carencias ajenas, en el propio país las exigencias se acumulan sin respuesta. Hospitales sin medicamentos, comunidades sin agua potable, escuelas en abandono, carreteras intransitables, violencia desbordada y una economía doméstica que no alcanza para millones de familias.
Aquí no se trata de estar “en contra de ayudar”. Esa es la salida fácil.
Se trata de algo más incómodo: ¿con qué autoridad moral se pretende aliviar crisis externas cuando el Estado ha sido incapaz de atender las internas?
La política exterior no es un acto de caridad personal. Es una decisión de Estado. Y toda decisión de Estado tiene costos, riesgos y consecuencias. México no está aislado del mundo ni de la geopolítica. Hoy, cualquier gesto hacia Cuba ocurre bajo la lupa de Estados Unidos y, particularmente, de Donald Trump, quien ha demostrado que no necesita grandes provocaciones para escalar conflictos comerciales, migratorios o diplomáticos.
Entonces la pregunta es directa:
¿vale la pena tensar una relación estratégica cuando el país no está en condiciones de pagar el costo?
Porque el costo no lo paga el gobierno.
Lo paga el ciudadano.

Lo paga el productor si hay represalias comerciales.
Lo paga el trabajador si se frena inversión.
Lo paga el país si se debilita una relación clave en un momento de fragilidad económica.
Y aun así, el gobierno prefiere insistir.
El humanismo selectivo es cómodo: luce bien en el discurso internacional, da aplausos ideológicos y refuerza narrativas políticas. Pero no resuelve el hambre en Chiapas, ni la inseguridad en Zacatecas, ni la falta de servicios en la periferia urbana del país.
Más grave aún: se manda un mensaje peligroso.
Que los problemas de otros merecen más atención que los reclamos de los propios mexicanos.
La solidaridad no debe ser propaganda.
Y la política exterior no debe ser un acto de provocación innecesaria.

México necesita primero ordenarse por dentro. Atender sus deudas sociales. Cumplirle a su gente. Fortalecer su economía. Recuperar la seguridad. Garantizar servicios básicos. Después, con bases firmes, ayudar al mundo.
Porque ayudar mientras la casa está en llamas no es humanismo.
Es irresponsabilidad.

Y porque ningún país serio resuelve problemas ajenos cuando ha decidido normalizar los propios.