La primera reunión formal entre el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y el canciller mexicano, Roberto Velasco, repitió el patrón habitual de las relaciones entre ambos países durante la administración de Donald Trump.
Estados Unidos pidió “acciones decisivas” contra los cárteles. México enfatizó los “avances” en seguridad y reiteró la necesidad de respetar su soberanía y a los mexicanos en territorio estadounidense.
No hubo comparecencia conjunta, sólo unas fotografías, escuetos comunicados y un post de Rubio en X en el que agregó que esas medidas decisivas debían destinarse también a paralizar el tráfico de fentanilo y la inmigración irregular, aunque este flujo hacia el norte prácticamente acabó desde que Trump regresó al poder en enero de 2025.
Velasco llegó a EU con frentes abiertos: nuevas acusaciones estadounidenses de vínculos entre políticos mexicanos y cárteles; los interrogantes comerciales de México ante la nueva guerra comercial entre sus socios, EU y Canadá; las deportaciones de mexicanos a terceros países en medio de políticas antimigratorias cada vez más agresivas en territorio estadounidense o el empuje de Washington para realizar operaciones conjuntas en países aliados, a lo que México se niega.

