Claudia Espíndola
En 1984 hice mi examen de admisión para entrar
a la UNAM. En aquellos años, el examen para ingresar a la Preparatoria se
realizaba en el Estadio Azteca y miles de aspirantes nos preparábamos para ese
día crucial. Recuerdo que muchos de mis compañeros de secundaria se fueron al
IPN porque querían estudiar alguna ingeniería.
Había una
percepción muy clara en esa época: quedarse en una ingeniería del Poli era para
los realmente buenos. Alcanzar el puntaje mínimo necesario ya representaba un
triunfo. Entre quienes presentábamos examen para la UNAM circulaba una leyenda
urbana que escuchábamos una y otra vez: que el destino de los aspirantes
dependía de dónde cayera su hoja de respuestas al momento de calificarse; si
caía sobre la mesa, entrabas, y si caía al piso, te quedabas fuera. Era una
broma, por supuesto, pero reflejaba la frustración de muchos jóvenes que no
lograban ingresar.
Y eran muchos los
que no entraban. Sin embargo, la UNAM tenía convenios con algunas instituciones
privadas de educación media superior y ofrecía alternativas mediante becas para
quienes deseaban continuar sus estudios por esa vía.
Pero la UNAM de hoy
es muy distinta. ¿Qué ha pasado durante estos más de cuarenta años con los
procesos de admisión?
Después de aquellos
exámenes en el Azteca vinieron otros modelos de selección. Entre ellos destacó
el famoso COMIPEMS, que utilizaba distintos planteles para aplicar exámenes
presenciales y establecía un número específico de aciertos para acceder a cada escuela.
Era un método excluyente, sí, pero todavía existían opciones públicas para
quienes no alcanzaban el puntaje requerido.
El problema real
nunca fueron las calificaciones de los alumnos. El verdadero problema ha sido
la mala planeación de nuestras autoridades educativas, que durante décadas
fueron incapaces de desarrollar nuevas estrategias educativas y laborales para
el país. No construyeron suficientes escuelas ni universidades para atender el
crecimiento de la población estudiantil. En lugar de ello, saturaron los
planteles que existían desde los años ochenta con las generaciones de los años
dos mil, duplicando e incluso quintuplicando sus matrículas.
A esto debemos
sumar las campañas de desprestigio que durante años impulsaron diversos
sectores empresariales contra los egresados de la UNAM, el IPN, la UAM y, en
general, de las universidades públicas. La combinación de una pésima planeación
educativa, la descalificación constante de las instituciones públicas y la
falta de oportunidades laborales ha debilitado el prestigio de muchas de estas
universidades.
Hoy muchos jóvenes
desean aprobar el examen como si fuera un simple trámite. Ya no se percibe la
ilusión de formar parte de una institución de excelencia ni el orgullo de
pertenecer a una comunidad académica que ofrece oportunidades que no todos
pueden alcanzar. Un examen de admisión no es un trámite. Es un mecanismo de
selección que, en teoría, busca garantizar que los aspirantes mejor preparados
ocupen los lugares disponibles.
Entonces, ¿por qué
existe tanto desencanto con la UNAM?
Porque la propia
universidad ha permitido que su reputación se desgaste. En distintos momentos
ha subordinado sus intereses académicos a los de gobiernos, grupos políticos,
intelectuales que la utilizan como plataforma o botín. Al mismo
tiempo, la SEP y las demás autoridades educativas han sido incapaces de
construir una narrativa que fomente el estudio, el esfuerzo y el amor por el
conocimiento desde la educación básica.
Lo vemos en modelos
educativos recientes que parecen alejados de la realidad del país y de las
necesidades concretas de los estudiantes. ¿Por qué sorprendernos de la falta de
ética académica de algunos jóvenes si desde la primaria prácticamente ha desaparecido
la cultura de la exigencia? ¿Qué mensaje reciben los estudiantes cuando avanzar
de grado parece más importante que aprender?
Por eso creo que
los presuntos fraudes en los exámenes de admisión de la UNAM son apenas la
punta del iceberg de un problema mucho más profundo: el fracaso de la política
educativa nacional.
Mi duda no es solamente cómo se detectarán o sancionarán esos casos. También ¿cómo vamos a resolver el problema de fondo? ¿Qué ocurrirá con los estudiantes que ingresaron sin contar con la preparación necesaria? ¿Desertarán? ¿Cómo se les apoyará para evitar el fracaso académico? ¿Cuándo tendremos, por fin, un sistema educativo que priorice la excelencia, el mérito y la formación de calidad?
Por ahí leí que "toda la UNAM ya es ChatGPT". Tal vez la pregunta correcta no sea si los estudiantes usan inteligencia artificial, sino si estamos formando jóvenes capaces de utilizarla con ética, criterio y conocimiento. Porque las herramientas cambian; los valores y la educación de calidad deberían permanecer.
Vaya reto que tenemos todos.

