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La UNAM y el problema de fondo

por Claudia Espindola
28-07-2026

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Claudia Espíndola 


En 1984 hice mi examen de admisión para entrar a la UNAM. En aquellos años, el examen para ingresar a la Preparatoria se realizaba en el Estadio Azteca y miles de aspirantes nos preparábamos para ese día crucial. Recuerdo que muchos de mis compañeros de secundaria se fueron al IPN porque querían estudiar alguna ingeniería.

Había una percepción muy clara en esa época: quedarse en una ingeniería del Poli era para los realmente buenos. Alcanzar el puntaje mínimo necesario ya representaba un triunfo. Entre quienes presentábamos examen para la UNAM circulaba una leyenda urbana que escuchábamos una y otra vez: que el destino de los aspirantes dependía de dónde cayera su hoja de respuestas al momento de calificarse; si caía sobre la mesa, entrabas, y si caía al piso, te quedabas fuera. Era una broma, por supuesto, pero reflejaba la frustración de muchos jóvenes que no lograban ingresar.

Y eran muchos los que no entraban. Sin embargo, la UNAM tenía convenios con algunas instituciones privadas de educación media superior y ofrecía alternativas mediante becas para quienes deseaban continuar sus estudios por esa vía.

Pero la UNAM de hoy es muy distinta. ¿Qué ha pasado durante estos más de cuarenta años con los procesos de admisión?

Después de aquellos exámenes en el Azteca vinieron otros modelos de selección. Entre ellos destacó el famoso COMIPEMS, que utilizaba distintos planteles para aplicar exámenes presenciales y establecía un número específico de aciertos para acceder a cada escuela. Era un método excluyente, sí, pero todavía existían opciones públicas para quienes no alcanzaban el puntaje requerido.

El problema real nunca fueron las calificaciones de los alumnos. El verdadero problema ha sido la mala planeación de nuestras autoridades educativas, que durante décadas fueron incapaces de desarrollar nuevas estrategias educativas y laborales para el país. No construyeron suficientes escuelas ni universidades para atender el crecimiento de la población estudiantil. En lugar de ello, saturaron los planteles que existían desde los años ochenta con las generaciones de los años dos mil, duplicando e incluso quintuplicando sus matrículas.

A esto debemos sumar las campañas de desprestigio que durante años impulsaron diversos sectores empresariales contra los egresados de la UNAM, el IPN, la UAM y, en general, de las universidades públicas. La combinación de una pésima planeación educativa, la descalificación constante de las instituciones públicas y la falta de oportunidades laborales ha debilitado el prestigio de muchas de estas universidades.

Hoy muchos jóvenes desean aprobar el examen como si fuera un simple trámite. Ya no se percibe la ilusión de formar parte de una institución de excelencia ni el orgullo de pertenecer a una comunidad académica que ofrece oportunidades que no todos pueden alcanzar. Un examen de admisión no es un trámite. Es un mecanismo de selección que, en teoría, busca garantizar que los aspirantes mejor preparados ocupen los lugares disponibles.

Entonces, ¿por qué existe tanto desencanto con la UNAM?

Porque la propia universidad ha permitido que su reputación se desgaste. En distintos momentos ha subordinado sus intereses académicos a los de gobiernos, grupos políticos, intelectuales  que la utilizan como plataforma o botín. Al mismo tiempo, la SEP y las demás autoridades educativas han sido incapaces de construir una narrativa que fomente el estudio, el esfuerzo y el amor por el conocimiento desde la educación básica.

Lo vemos en modelos educativos recientes que parecen alejados de la realidad del país y de las necesidades concretas de los estudiantes. ¿Por qué sorprendernos de la falta de ética académica de algunos jóvenes si desde la primaria prácticamente ha desaparecido la cultura de la exigencia? ¿Qué mensaje reciben los estudiantes cuando avanzar de grado parece más importante que aprender?

Por eso creo que los presuntos fraudes en los exámenes de admisión de la UNAM son apenas la punta del iceberg de un problema mucho más profundo: el fracaso de la política educativa nacional.

Mi duda no es solamente cómo se detectarán o sancionarán esos casos. También ¿cómo vamos a resolver el problema de fondo? ¿Qué ocurrirá con los estudiantes que ingresaron sin contar con la preparación necesaria? ¿Desertarán? ¿Cómo se les apoyará para evitar el fracaso académico? ¿Cuándo tendremos, por fin, un sistema educativo que priorice la excelencia, el mérito y la formación de calidad?

Por ahí leí que "toda la UNAM ya es ChatGPT". Tal vez  la pregunta correcta no sea si los estudiantes usan inteligencia artificial, sino si estamos formando jóvenes capaces de utilizarla con ética, criterio y conocimiento. Porque las herramientas cambian; los valores y la educación de calidad deberían permanecer.

Vaya reto que tenemos todos.