La controversia alrededor de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, representa mucho más que un episodio político aislado. Los audios difundidos, las versiones encontradas, la revocación de su visa estadounidense y las múltiples interpretaciones sobre su relación con autoridades de Estados Unidos han colocado nuevamente sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tanto conoce realmente la ciudadanía sobre la forma en que se construyen los acuerdos de seguridad entre ambos países?
Más allá de las posiciones partidistas, lo verdaderamente preocupante es la crisis de confianza institucional que estos acontecimientos reflejan. Cuando cualquier filtración parece más creíble que un comunicado oficial, el problema es democrático.
La confianza pública no desaparece de un día para otro y la politica mexicana actual lo logró en poco tiempo, a través de opacidad, corrupción, promesas incumplidas y explicaciones insuficientes. Por ello, cada nuevo escándalo encuentra una sociedad predispuesta a creer lo peor. No porque necesariamente sea cierto, pero las instituciones dejaron de generar la certeza suficiente para disipar las dudas.
La narrativa de la DEA
En ese contexto aparecieron las recientes declaraciones del director de la DEA, quien afirmó que existe una "conexión mortífera" entre sectores del gobierno mexicano y los cárteles. Más allá de su contundencia, estas afirmaciones forman parte de una disputa política sobre quién controla la narrativa de la seguridad en América del Norte.
Estados Unidos ha endurecido su discurso en torno al tráfico de fentanilo y el crimen organizado. Sin embargo, aceptar sin cuestionamientos esa narrativa implica ignorar responsabilidades compartidas: el consumo, el flujo de armas, el lavado de dinero y la dimensión económica del crimen transnacional.
Eso no significa negar los problemas de corrupción e infiltración criminal que México enfrenta. Significa reconocer que el fenómeno es mucho más complejo que cualquier consigna diplomática. La seguridad también se disputa mediante discursos.
Mientras tanto, el Mundial continúa.
Las calles se llenan de camisetas, los restaurantes transmiten los partidos y las redes sociales convierten cada jugada en tendencia mundial. Durante noventa minutos pareciera que el país entero respira al mismo ritmo.
Guy Debord escribió que el espectáculo no consiste únicamente en imágenes, sino en una relación social mediada por ellas. Hoy esa idea parece más vigente que nunca. La política también aprendió a convertirse en espectáculo.
Los escándalos duran apenas unas horas. Las investigaciones compiten contra los algoritmos. La indignación tiene fecha de caducidad. Cada crisis es reemplazada por otra tendencia antes de que la anterior encuentre explicación.
La pregunta no es si debemos dejar de disfrutar el fútbol. La pregunta es si somos capaces de celebrar un gol y, al mismo tiempo, exigir transparencia; disfrutar un Mundial sin dejar de mirar la realidad; distinguir entre aquello que nos entretiene y aquello que definirá el futuro del país.
Mientras millones observan el marcador, alguien más escribe el siguiente capítulo de la historia política de México. La verdadera decisión está en si, cuando termine el silbatazo final, estaremos dispuestos a mirar hacia donde realmente importa.

