En México, cuando ocurre una tragedia ambiental, no hay culpables… hay versiones.
El reciente derrame de hidrocarburo que alcanzó las costas de Veracruz no solo dejó manchas visibles
en playas y fauna; dejó al descubierto algo mucho más profundo: un sistema donde la responsabilidad
se evapora… pero el daño no.
Porque hay que decirlo claro: El petróleo no se diluye en el agua.
Se fragmenta, se dispersa, se mezcla… pero permanece. Se adhiere a la arena, a las rocas, a los
manglares. Contamina durante años, aunque ya no se vea.
Y mientras el crudo sigue ahí —persistente, silencioso—, también permanece otra constante: la
evasión de responsabilidades.
Hoy, comunidades enteras enfrentan las consecuencias. La pesca ha sido suspendida, dejando sin
sustento a decenas de familias que dependen directamente del mar.
Pero mientras eso ocurre, desde el poder se construye otra realidad.
La gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, primero negó que existiera un derrame como tal,
sugiriendo incluso que podría tratarse de fenómenos naturales o manchas menores.
Después, el discurso cambió: se habló de corrientes marinas, de un posible barco en Tabasco, de
factores externos.
Y así, lo que para las comunidades es una crisis ambiental y económica, desde el poder se reduce… a
“manchas”, a “teorías”, a algo casi anecdótico.
Casi como si fueran —literalmente— unas cuantas gotitas.
Pero no lo son.
Son kilómetros de costa contaminada. Son redes inutilizadas. Son especies muertas. Son familias sin
ingreso.
Y, sobre todo, es una historia que se repite: cuando el desastre es grande, la responsabilidad se hace
pequeña.
El gobierno federal investiga. Las dependencias coordinan. Las versiones cambian.
Y mientras tanto, nadie responde.
Porque en México, el problema no es solo el derrame. Es el intento sistemático de minimizarlo.
Se diluye la narrativa, no el petróleo. Se fragmenta la responsabilidad, no el daño.
Lo más grave no es lo que flota en el mar. Es lo que se hunde en la impunidad. Porque cuando una crisis ambiental se reduce a “manchas” o “suposiciones”, el mensaje es
devastador:
Aquí no pasó nada… aunque todo esté pasando.
Y entonces la pregunta ya no es técnica ni ambiental.
Es política.
¿Quién va a hacerse responsable? ¿O también eso… se va a diluir?

