Escritores, historiadores, periodistas o simplemente testigos, han descrito los hechos, verdaderamente estremecedores, de las guerras. Son tan terribles estas narraciones que logran convencer a casi todo mundo de que las guerras son el espacio y son los tiempos en donde la condición humana experimenta la mayor degradación hacia la barbarie.
Primo, Levy relata en su libro “Si esto es un hombre”, el testimonio más escalofriante sobre Auschwits y sobre los “métodos” que utilizaron los nazis para destruir sistemáticamente, la dignidad humana. De igual manera Erich M. Remarque nos cuenta en “sin novedad en el frente”, como los jóvenes europeos estaban siendo entusiasmados para encontrarse con la guerra. Ese entusiasmo era de tal alegría, que esa parte del relato de Remarque, se parecía más a los preparativos para un viaje de vacaciones que un infeliz y desconcertante encuentro con la monstruosidad de la guerra. No pasó mucho tiempo para que los jóvenes europeos se dieran cuenta de los horrores que se vivían en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y que, desde luego, les resultaban incomprensibles e inauditos.
El horror y el sufrimiento que provoca la guerra, turba todo entendimiento, aun el de los guerreros, el de los soldados. Eisenhower, el comandante supremo de las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, decía “odio la guerra como solo puede hacerlo un soldado que la ha vivido, como alguien que ha visto su brutalidad, su futilidad y su estupidez”.
Si el horror de la guerra no puede ser justificable de ninguna manera, entonces… ¿Cómo puede explicarse que poblaciones enteras la observen con indiferencia o la acepten con resignación? ¿Cómo puede, la violencia más atroz, ser admitida y aceptada como si fuese un hecho de la cotidianeidad de una sociedad?
¡Y, sin embargo, esto es lo que sucede en México!
No estamos en guerra declarada; nadie amenaza violentar nuestra soberanía; no ondea nuestra bandera como aviso del “llamado a las armas” para defender nuestro territorio; no hay ideología ni dogma que preservar, como sucede, absurdamente, como causa de muchas guerras, y, sin embargo, la violencia y la muerte rondan por nuestras casas y amenazan a nuestras familias. La atrocidad de la violencia nos atemoriza cuando vamos a nuestros trabajos, a la escuela; cuando juegan nuestras hijas e hijos; cuando transitamos en los caminos y en las carreteras. La muerte violenta y los crímenes dolosos se están convirtiendo en un hecho cotidiano en la sociedad mexicana:
La muerte violenta es una muerte rutinaria, común, ordinaria. En México, el infierno de la violencia criminal se ha convertido en rutina.

