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Edomex a mitad del camino: el corte de caja

por Javier Esquivel
30-09-2026

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Por Javier Esquivel

El Estado de México no admite medias tintas en el diseño del segundo piso de la Cuarta Transformación. Con el padrón electoral más vasto e influyente del país, la entidad funciona como el gran laboratorio político de México y el termómetro definitivo de la estabilidad institucional. 

Para el proyecto de los altos mandos del oficialismo, mantener altos niveles de aprobación en el territorio mexiquense no es una meta deseable, sino un imperativo de supervivencia estratégica: el Edomex aporta el dividendo electoral más voluminoso para la continuidad del movimiento a nivel nacional y representa la vitrina donde la narrativa de austeridad y bienestar social debe demostrar que es capaz de gobernar la mayor complejidad urbana, económica y demográfica de la nación.

A tres años del histórico quiebre político que puso fin a casi un siglo de hegemonía priista, el estilo personal de gobernar de Delfina Gómez Álvarez ha demostrado una notable capacidad de blindaje, sin embargo habrá que evaluar a la mitad del sexenio: ¿quién le cumple a la gobernadora?

La mandataria ha logrado consolidar una marca de proximidad sustentada en el storytelling del “Poder de Servir”, donde la simplicidad discursiva y la empatía de origen funcionan como un escudo eficaz ante el desgaste burocrático. 

Respaldada por la penetración territorial de programas insignia como Mujeres con Bienestar —que reportan índices de percepción positiva superiores al 80%—, la figura de la gobernadora mantiene márgenes de aprobación social que oscilan holgadamente por encima del 60%.

Sin embargo, el ejercicio de gobierno suele ser un fiscal implacable. En el reverso de la popularidad presidencial y la efectividad asistencial, la administración mexiquense enfrenta el severo desafío de la eficacia operativa. 

El verdadero nudo gordiano del gobierno mexiquense se localiza en la brecha que separa la alta aceptación de la figura mandataria federal y la gobernadora de la amarga experiencia cotidiana del ciudadano en las calles: la percepción de inseguridad en nodos críticos, las deficiencias de infraestructura básica, la crisis hídrica en el Valle de México y la persistente plaga de baches en los accesos municipales.

En el terreno de la comunicación gubernamental, el régimen local muestra fisuras de diseño estratégico. Ante coyunturas de crisis de seguridad o contingencias urbanas, la comunicación estatal suele pecar de reactiva y atomizada. 



Al carecer de un cuerpo de vocerías técnicas especializadas que asuman el costo de la contención mediática en áreas de alta fricción —como seguridad, movilidad y agua—, la narrativa oficial expone innecesariamente a la gobernadora. 

Esta dependencia excesiva de la imagen personal genera momentos de autocrítica pública que, lejos de proyectar transparencia, terminan por entregar valioso parque discursivo a una oposición en busca de bandera de batalla.

Transitando hacia el proceso 2027, la comunicación institucional debe evolucionar de la narración de "entregas y apoyos sociales" hacia la demostración de "resultados cuantificables en seguridad y efectividad pública



El gabinete mexiquense opera hoy bajo un esquema de tres velocidades claramente diferenciadas que condicionan la percepción pública del proyecto estatal. 

En la cima de la efectividad se ubica el Bloque político y operativo, encabezado por las secretarías de Gobierno y Finanzas; esta mancuerna ha demostrado un alto rendimiento al blindar la gobernabilidad en un territorio de alta fricción social y garantizar la liquidez presupuestal necesaria para sostener la inversión social sin incurrir en sobresaltos financieros. 

En un nivel intermedio, el Bloque Social —integrado por Bienestar y Educación— cumple con efectividad su encomienda territorial: operar el despliegue de los programas insignia y afianzar en las comunidades el relato de la transformación y la cercanía con la gente.

El verdadero talón de Aquiles de la administración radica en el Bloque técnico y de servicios, donde se concentran áreas vulnerables como Seguridad, Agua, Movilidad y Salud. A pesar de los esfuerzos presupuestales, este segmento arrastra un ritmo de bajo rendimiento operativo frente a la magnitud de las demandas ciudadanas, sometiendo al gobierno a un continuo desgaste mediático. 

La experiencia cotidiana del habitante mexiquense —marcada por la escasez hídrica, el deterioro de las vías de tránsito y la persistente inquietud por la seguridad— funciona como un contrapeso negativo que frena el impacto de las victorias políticas y sociales, exponiendo la urgencia de reajustar las vocerías y acelerar las soluciones de fondo en la infraestructura estatal.

La dinámica del gabinete refleja esta misma tensión entre la estabilidad del proyecto y la exigencia de resultados. Mientras el núcleo político concentrado en la Secretaría General de Gobierno mantiene la gobernabilidad y el control institucional, las áreas técnicas y de servicios han registrado reajustes quirúrgicos para acelerar la ejecución presupuestal antes de que el calendario electoral vuelva a presionar los tiempos.

Rumbo al horizonte de 2027, el gobierno del Estado de México se encuentra en la encrucijada crucial de su sexenio: el paso de la mística de la alternancia a la contundencia de los resultados. La simpatía personal es una reserva valiosa, pero no es inagotable. Cuando la épica del cambio se enfrenta al filtro de la vida cotidiana, la comunicación política deja de ser un asunto de discurso para convertirse en un ejercicio de efectividad. En el Edomex, la transformación ya no se juzgará por la calidez del saludo, sino por la calidad del servicio.  

La evaluación de las alcaldesas y presidentes municipales serán el punto clave a la mitad del sexenio en el Estado de México. La gobernadora lo tiene tan presente que ya tiene detectado quienes si le suman a su proyecto y quienes solo le estorban. El examen político no solo será de lealtades, sino de eficacia, y eso incluye a las y los legisladores.