Hay algo particularmente peligroso cuando quienes gobiernan comienzan a confundir a la población con las estadísticas. Porque seamos honestos, es desafortunadamente fácil mentir con estadística; un gobierno puede presentar cifras, decomisos, porcentajes, gráficas y comunicados impecables, pero ninguna de esas cosas sustituye a las personas que existen detrás de los números.
La semana pasada hablábamos en este espacio de los 59 millones de litros de presunto combustible asegurados en San José de Iturbide, Guanajuato. El anuncio fue presentado inicialmente como uno de los mayores golpes contra el llamado "huachicol fiscal" durante el sexenio. El propio Gobierno de Guanajuato informó que se trataba de aproximadamente 59 millones de litros de “presunto hidrocarburo” y que todavía tendrían que determinarse su naturaleza, procedencia y legalidad.
Días después comenzaron a aparecer elementos que cambiaron sustancialmente la historia: fuentes de la Fiscalía General de la República señalaron que todo parecía indicar que el combustible no era huachicol fiscal.
El problema, entonces, no es que la investigación "cambiara" de rumbo, porque de hecho eso ocurre comúnmente y forma parte de cualquier procedimiento serio. El problema fue la enorme facilidad con la que ese operativo se presentó como el éxito político antes de que existiera certeza sobre aquello que se está anunciando y que de hecho se derrumbó más rápido de lo que se publicó.
Como sociedad, debemos tener bien presente que sin importar su orientación partidista, un gobierno no debería necesitar un titular espectacular para "demostrar que trabaja". La ciudadanía sabe lo que necesita, todos percibimos la seguridad, servicios, empleo, infraestructura, justicia y condiciones dignas de vida. No creo que cada acción gubernamental deba ser convertida inmediatamente en propaganda de eficiencia porque termina siendo una espada de doble filo... Las personas nos percatamos de lo que pasa en nuestro entorno.
Eso me lleva a lo siguiente, ¿qué pasa cuando el gobierno comienza a trabajar para la estadística y no para la gente?
La cabeza de Calderón y la memoria que no cabe en una estadística
Esta semana apareció una imagen que difícilmente puede separarse de la memoria política de México: la estatua de Felipe Calderón, instalada en el Complejo Cultural Los Pinos, terminó decapitada y siendo exhibida al más puro estilo linchamiento, durante una protesta de extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro. La escultura, por cierto, ya llevaba más de un año tirada después de haber sido derribada por un árbol.
Calderón reaccionó calificando el hecho como un acto delictivo y habló de intolerancia. Y jurídicamente tiene razón en una cosa elemental: destruir una escultura no deja de ser un acto violento porque quien aparece representado en ella tenga una historia política controvertida... Pero ¿no sería igualmente sencillo olvidar el por qué esa protesta ocurrió?
El 10 de octubre de 2009, mientras México celebraba el triunfo de la selección nacional sobre El Salvador y aseguraba su clasificación al Mundial de Sudáfrica 2010, el gobierno de Felipe Calderón inició el operativo para tomar las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro. Hay incluso una entrevista donde lo cuenta como si fuera una anécdota divertidísima... Horas después se formalizó la extinción de la empresa donde mas de 44 mil trabajadores quedaron afectados por aquella decisión.
Y quizá vale la pena recordar el detalle de aquel histórico partido donde México ganó 4-1 porque también forma parte de la memoria colectiva y mientras buena parte del país festejaba el fútbol, miles de trabajadores recibían una noticia que cambiaría sus vidas.
La decisión de extinguir Luz y Fuerza puede discutirse desde sus argumentos financieros, administrativos y jurídicos. De hecho, la Suprema Corte terminó avalando la constitucionalidad del decreto. Pero una decisión puede ser jurídicamente válida y, al mismo tiempo, producir una herida social que permanezca durante años. Preguntémonos ¿qué pasaría si algo así sucediera hoy en día?
Diecisiete años después, la herida que dejó el día del partido, sigue teniendo nombre y apellido.
Por eso resulta demasiado sencillo observar únicamente la estatua destruida y concluir que estamos frente a un acto de intolerancia, pero entonces habría que mirar la historia que existe detrás de quienes llegaron hasta Los Pinos... Ojo, no para justificar la violencia, sino para entenderla.
Cuando un gobernante toma una decisión desde un escritorio, suele verla como una cifra: 44 mil trabajadores, una empresa deficitaria, un costo para el Estado; sin embargo, para quien pierde su empleo, la cifra se transforma en una hipoteca que ya no sabe cómo pagar, en hijos que dependen de ese ingreso, en años de experiencia que de pronto parecen no valer nada y en una vida que tiene que reorganizarse de un día para otro.
Eso es lo que ocurre cuando el poder olvida que los números tienen rostro y que las estadísticas van más allá de la página del INEGI.
¿Y si el problema no son los niños que faltan, sino lo que le falta a los adultos?
La misma desconexión parece aparecer ahora en una pregunta mucho más profunda: ¿por qué México está teniendo cada vez menos hijos? Los datos no son nuevos. El INEGI reportó que la tasa de fecundidad pasó de 2.07 hijos por mujer en 2018 a 1.60 en 2023. Para 2024, las estimaciones de CONAPO ubicaron la tasa global de fecundidad en 1.89 hijos por mujer.
La propia Presidenta mencionó en una mañanera, que cada vez nacen menos niñas y niños y que esto ya tiene consecuencias visibles en la matrícula escolar. Más recientemente, incluso pidió al INEGI realizar un análisis para comprender por qué las nuevas generaciones tienen menos hijos o deciden no tenerlos.
Considero que la "curiosidad" es válida, más para alguien que vive en una esfera que no vive de primera mano las carencias de un México cada vez más encarecido, pero lo que personalmente me resulta extraño para un gobierno que tanto presume de escuchar a su ciudadanía, es que parezca necesario descubrir algo que la sociedad lleva años explicando.
Quizá no sea tan complicado preguntarle a una persona joven cuánto cuesta rentar una vivienda o cuánto cuesta comprarla, ya no digamos cuánto cuesta una guardería o en general cuánto cuesta criar a un hijo. Pensemos también en cuánto cuesta dejar de trabajar para cuidarlo, cuánto cuesta enfermarse y cuánto cuesta transportarse todos los días (no importa si es transporte público o privado) cuánto cuesta tener un empleo que no garantiza estabilidad o cuánto cuesta imaginar un futuro en un país donde formar una familia puede convertirse en un proyecto económicamente inviable.
Los propios documentos oficiales reconocen que las decisiones reproductivas están condicionadas por la falta de oportunidades laborales, ingresos insuficientes, dificultades para conciliar el trabajo con el cuidado de los hijos, vivienda asequible, educación y protección social.
Entonces el problema no es que los jóvenes están actuando de manera misteriosa, sino que se está respondiendo racionalmente a las condiciones que les han construido. Yo, personalmente a mis 28 años, he decidido no tener hijos porque considero que vivimos en un mundo (no solo un país) muy complicado, entre las guerras, el cambio climático y la imposibilidad económica.
No se trata de obligar a nadie a tener hijos. Tampoco de romantizar la maternidad o la paternidad. Se trata de preguntarnos qué clase de país o planeta hemos construido cuando una persona que desea formar una familia tiene que pensarlo dos, tres o diez veces porque no sabe si podrá sostenerla y creo que es donde aquí vuelve a aparecer el mismo problema: mirar los números sin mirar a las personas.
Menos nacimientos significan una cifra demográfica, sí, pero detrás de esa cifra existen jóvenes que estudian más años, mujeres que han conquistado espacios laborales que antes les estaban negados, parejas que retrasan la maternidad y la paternidad, personas que no encuentran una vivienda accesible, trabajadores que no pueden conciliar empleo y ciudadanos que simplemente deciden que, dadas las circunstancias, no quieren traer a otra persona al mundo.
El gobierno que mira el papel
Hay una constante que atraviesa estos tres acontecimientos: Un decomiso que primero aparece como un gran golpe contra el huachicol y después necesita ser explicado; una empresa desaparecida mediante un decreto cuya consecuencia humana continúa casi dos décadas después y una caída demográfica que ahora requiere estudios para descubrir por qué las personas están decidiendo tener menos hijos.
En todos los casos existe una tendencia a mirar primero el expediente y después a las personas... Pero ¿no acaso gobernar debería significar exactamente lo contrario? Los datos sirven para entender la realidad; no para sustituirla. Una estadística puede decir cuántos empleos se perdieron, pero no puede explicar lo que significa quedarse sin ellos. Una cifra puede decir cuántos litros fueron asegurados, pero no determina por sí sola si aquello era realmente combustible ilícito. Una tasa de fecundidad puede decirnos cuántos hijos tiene, en promedio, una mujer, pero no puede contar por sí misma cuántas veces una pareja hizo cuentas y decidió que no podía permitirse uno más.
El papel puede decir que un gobierno está trabajando pero en la realidad, la vida de las personas es la que termina diciendo si realmente lo hizo y yo creo que esa es justo una de las grandes lecciones de esta semana: un gobierno puede tener todos los datos correctos y, aun así, estar completamente equivocado sobre la realidad que esos datos representan.
Porque detrás de cada cifra cuantitativa hay un alguien cualitativo con una historia de vida y una narración que nos cuenta el porqué de sus decisiones pero si a los que gobiernan se les olvida eso, la estadística deja de ser una herramienta para gobernar y se convierte en una manera elegante de dejar de mirar a la gente.
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