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Caso Osmar y el peligro del discurso incel

por Kiky
27-03-2026

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La sociedad contemporánea enfrenta una serie de retos que emergen con el auge de las redes sociales y la hipercomunicación. Uno de ellos es la creciente prevalencia de fenómenos relacionados con los llamados "incels" (célibes involuntarios), una forma de machismo que se disfraza de una supuesta "mentalidad despierta", en oposición a lo que denominan posturas progresistas o feministas.


Recientemente, el caso de Osmar N., un adolescente en Michoacán, generó gran revuelo tras atacar a dos de sus profesoras en el plantel escolar donde estudiaba. Aunque presuntamente el ataque habría sido planeado originalmente contra sus compañeras, y pese que fue detenido, lo cierto es que este caso no solo causa alarma, sino que evidencia problemáticas más profundas.


En septiembre del año pasado, el caso de Lex Ashton, ocurrido en un Colegio de Ciencias y Humanidades en Ciudad de México, donde un adolescente y un trabajador fueron asesinados, también fue altamente mediatizado. En este caso, al igual que en el anterior, existieron advertencias en redes sociales sobre las acciones que se llevarían a cabo contra quienes el agresor consideraba responsables de la injusticia en su vida.


Un eje común en ambos casos es la identificación con la comunidad "incel", un espacio donde sus miembros expresan el rechazo del que se perciben víctimas y atribuyen su incapacidad de vincularse con otros (particularmente con mujeres) a factores externos. Los discursos de odio que circulan en estos grupos responsabilizan a las mujeres por no elegirlos o por preferir relaciones afectivas con otros hombres, señalándolas como culpables y, en consecuencia, justificando la violencia ejercida contra ellas.


Al profundizar en este fenómeno, resulta fundamental considerar la deficiente gestión emocional en muchos de sus integrantes, independientemente de su edad. Vivimos en una sociedad hiperconectada en la que, paradójicamente, cada vez se escucha y se comprende menos a los otros. En el caso de los adolescentes, esto resulta especialmente problemático, ya que se encuentran en una etapa crucial del desarrollo en la que construyen su identidad y aprenden a vincularse con los demás.


A ello se suma la influencia de discursos conservadores, cuidadosamente estructurados, que encuentran eco en comunidades digitales de jóvenes que buscan sentido y pertenencia. Estos discursos suelen presentar a sus emisores como individuos que han "despertado" dentro de un sistema que perciben como opresivo, lo cual resulta atractivo para quienes experimentan frustración o exclusión.


La exposición constante a figuras mediáticas que reproducen narrativas de odio donde las mujeres son representadas como crueles o desalmadas y los hombres como víctimas puede generar confusión. Esto dificulta que los individuos desarrollen habilidades de introspección, reconocimiento emocional y comunicación de necesidades. En su lugar, se refuerza una lógica en la que las mujeres son concebidas como objetos destinados a satisfacer demandas emocionales, físicas o de cuidado, sin cuestionamiento alguno.


Nos encontramos en un momento crítico en el que la violencia atraviesa múltiples esferas de la vida social. La limitada presencia de figuras significativas en la vida de niñas, niños y adolescentes, junto con el acceso temprano y desregulado a redes sociales, configura un entorno propicio para la expansión de este tipo de problemáticas, que ya no solo se gestan, sino que comienzan a manifestarse de manera cada vez más visible.


Por lo anterior, es necesario dejar de reducir la "salud mental" a diagnósticos o etiquetas que circulan con facilidad en redes sociales. En su lugar, debemos impulsar la creación de espacios reales que fomenten el desarrollo de habilidades de gestión emocional, como la escucha activa, la validación de las emociones y la capacidad de expresar necesidades de manera asertiva, reconociendo que sentir es una condición humana compartida, más allá del género.


En este contexto, ignorar el fenómeno incel o reducirlo a casos aislados no solo es insuficiente, sino peligroso. Lo que está en juego no es únicamente la conducta de algunos individuos, sino la forma en que una generación está aprendiendo a comprender el rechazo, el vínculo y la identidad. Si no intervenimos desde la educación emocional, la construcción de vínculos sanos y la responsabilidad digital, seguiremos viendo cómo el dolor no gestionado se transforma en violencia. La prevención no está en silenciar estas voces, sino en ofrecer alternativas reales para que no encuentren en el odio su único lenguaje.