La política también se mide por la calidad de sus operadores. Ahí, en ese terreno menos visible que el discurso pero decisivo para los resultados, fue donde empezó a desdibujarse el llamado “Plan B” de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Más que una estrategia, terminó siendo el producto de una cadena de improvisaciones donde cada eslabón dejó al descubierto una carencia: lectura equivocada del momento, cálculo deficiente de las mayorías y una desconcertante incapacidad para construir acuerdos.
Lo que se presentó como ajuste electoral fue, en realidad, la evidencia de un aparato político que perdió fineza. La ambiciosa reforma electoral en México quedó reducida a una colección de parches. El tránsito de la promesa a la poda ocurrió sin una narrativa convincente. En su lugar apareció un documento que quiso parecer técnico mientras arrastraba motivaciones políticas mal disimuladas.
En los pasillos del poder, donde la cortesía pública se desvanece, se admitió lo que el discurso evitó: el Plan B no entusiasmó ni siquiera a quienes debían defenderlo. La disciplina partidista garantizó votos, pero no convicción. Y la convicción, en política, es el combustible que sostiene las reformas cuando arrecian las críticas. Sin ella, todo se volvió trámite.
El problema no radicó en la dimensión del proyecto, estuvo en su manufactura. Una operación política eficaz exige timing, interlocución y sentido de oportunidad. Aquí, en cambio, se encadenaron errores: se subestimó la resistencia institucional, se tensó innecesariamente a los órganos electorales y se apostó por una ruta fragmentaria que diluyó el objetivo original. Cada decisión respondió a la urgencia del momento, no a una estrategia de largo aliento.
El argumento oficial insistió en la eficiencia, en la necesidad de “optimizar” el sistema electoral. La fórmula resultó conocida y, por lo mismo, desgastada. La eficiencia administrativa mostró sus límites frente a la legitimidad política. El sistema electoral mexicano, con sus claroscuros, se ha sostenido sobre una premisa básica: la confianza. Cualquier intento de modificarlo sin un consenso amplio erosionó ese cimiento.
Lo más revelador fue la actitud de los aliados. Acompañaron, respaldaron, votaron. Pero lo hicieron con la parsimonia de quien cumplió una obligación, no con el entusiasmo de quien defendió una causa. La política, cuando perdió emoción, entró en fase burocrática. Y una reforma que se tramitó sin energía quedó archivada en la memoria colectiva como un intento fallido.
En ese contexto, el Plan B adquirió una cualidad peculiar: fue al mismo tiempo insistencia y renuncia. Insistencia, porque mantuvo viva la intención de intervenir en el sistema electoral; renuncia, porque abandonó la ambición transformadora que se proclamó al inicio. Entre ambos extremos se instaló una zona gris donde prosperaron las decisiones ambiguas.
Hubo también una lectura de fondo que inquietó: la desconexión entre el centro del poder y la realidad política que lo rodeaba. Gobernar exige medir fuerzas, anticipar reacciones, calibrar costos. Cuando esa medición falló, los proyectos se volvieron ejercicios de voluntad más que de viabilidad. Y la voluntad, por sí sola, rara vez alcanzó.
Aquí en “Los Tocables” siempre hemos de observar el poder con distancia crítica, sean del color que sean pues han pasado tricolores, azules y guindas y todos han sido escrutados sin estridencias. Desde esa perspectiva, el Plan B no mereció escándalo, sino análisis: fue la manifestación de un estilo de operación política que confundió mayoría con eficacia, control con legitimidad.

