No se trata de una disputa, de una lucha convencional del gobierno y su presidenta por el control de la narrativa lo que mueve dos asuntos que convergen en lo mismo: regular el derecho de las audiencias y la presentación de la lista de los enemigos del régimen. La razón que subyace en ambos asuntos es imponer la narrativa en términos bélicos.
No es una disputa convencional. De hecho, todo gobierno se empeña en prevalecer en su visión del pasado, presente y porvenir. La disputa de ahora es en términos bélicos porque las autoridades plantean eliminar al enemigo o llevarle a la rendición. Regular las audiencias concede al gobierno la potestad no solo para imponer su verdad, sino para sancionar al disidente a manera de disuadir toda forma de crítica. La autoridad se arroga la condición de última instancia, en términos prácticos, la única, como en materia electoral; el antes es irrelevante; define y manda quien tiene la última palabra.
Guerra porque el régimen político parte de la negación de la coexistencia política, de la pluralidad y del derecho a disentir. No es gratuito que el argumento fundamental de ahora sea la defensa de la soberanía, y que al adversario se le califique traidor a la patria. Tal condición el régimen no la emplea con los criminales asociados al narco, tampoco con los correligionarios en connivencia con el crimen organizado.
La lista de los críticos del régimen es uno de los episodios más desafortunados del obradorismo. No fue un desliz de la consejera jurídica; todo apunta a una decisión procesada en el círculo más cercano de la presidenta Sheinbaum. La explicación de Luisa María Alcalde refiere a un “nado sincronizado”, como suelen decir los del gobierno, que por igual involucra medios y periodistas de la más diversa posición editorial, pero que tienen en común su condición de ser independientes del régimen político. También involucra, en una segunda etapa, a políticos, organizaciones y líderes de opinión que reproducen y recrean el imaginario ataque, para finalmente llegar al espacio de los bots que, a partir del dinero en el ámbito digital, crean la narrativa adversa al gobierno, para el que toda crítica es falsa, manipulada, artificial.
El régimen tiene una visión de sí mismo, de la realidad y del mundo. Por ejemplo, asuntos tan disparatados como que Trump es víctima de la extrema derecha y de ciertos colaboradores que se comportan como pandilla. El expresidente, su hijo y la presidenta coinciden en esa tesis. Esto es consecuente con excesos como decir que el sistema de salud está a la altura del de Dinamarca o que México es el país más democrático de la tierra. López Obrador dice que la presidenta Sheinbaum es la mejor del mundo y ella le corresponde con que el expresidente ha sido el más grande y mejor en la historia. El autoelogio y la reafirmación de la presumida virtud carecen de límites. Cualquier postura diferente pasa a la condición de enemigo y quien la suscriba es potencial traidor a la patria. De eso se trata la lista de indeseables difundida por el gobierno, ellos son los responsables de la discordia y la negación de la proeza en curso. La paranoia subyace como explicación.

