José Luis Camacho Acevedo
En la novela El Otoño del Patriarca, García Márquez delinea lo que sería el final de la vida, física y política, de un dictador latinoamericano.
Para la actualidad política de México, el otoño de un patriarca (dictador) como pretende serlo Andrés Manuel López Obrador, se desarrolla en el peligroso escenario del descubrimiento de una corrupción que deviene, día tras día, en una degradación inherente a la locura que produce el tener un imaginario poder absoluto.
Una corrupción, asociada en gran medida a las actividades del crimen organizado, que está involucrando a prominentes políticos de Morena, desde gobernadores hasta funcionarios y alcaldes de todo nivel, así como a muy cercanos amigos y familiares (sobre todo sus hijos) del patriarca que fenece en Palenque a pesar de su perruna pero inútil insistencia en seguir siendo el que mueve los hilos políticos de México.
Desde hace tiempo el ex presidente vive en una soledad, personal y política, que le ocasiona episodios de desubicación temporal.
Un ejemplo de ello fue el hecho de que salió con su declaración en defensa de Maduro antes de que lo hiciera la presidenta Claudia Sheinbaum, rompiendo así la regla no escrita que existe en ese tipo de acontecimientos, primero hay que esperar el pronunciamiento presidencial y después secundarlo o ampliarlo.
La semana pasada, opinadores afines al político de Macuspana, apuntaban, con una ingenuidad digna de mejor causa, que la aguda problemática que Donald Trump vive en lugares como Venezuela, Irán o Ucrania, haría que los servicios de seguridad estadounidenses se olvidaran de su propósito de combatir, ahora sí, con todo, a los carteles mexicanos y que con ello caigan los narco políticos con los que tienen indelebles nexos.
Sin embargo esas consideraciones sobre el complejo escenario internacional que tiene el presidente norteamericano no han sido una razón excluyente del propósito que tienen de combatir al crimen organizado en México, hablando ahora incluso de acciones en tierra por parte de las fuerzas de Estados Unidos.
Desde el punto de vista estratégico, Trump llegó tarde a Venezuela. Cuando derrocó a Maduro ya China y Rusia tenían muy penetradas las operaciones del petróleo y el tráfico de drogas en ese país.
El dinero que producen la venta de petróleo, misma que encubre el tráfico de drogas, los chinos y los rusos lo utilizaban, con la complacencia de los hermanos Rodríguez que ahora son los que mandan en Venezuela, para financiar, ya ni tan soterradamente, acciones de grupos terroristas como Hezbolá y similares.
Maduro era solamente un voluntarista político al lado de Delcy Rodríguez, su hermano Jorge, y Diosdado Cabello.
Rusia y China negociaban con ellos mucho tiempo antes de que Trump derrocara a Nicolás Maduro.
Por ello hoy Marco Rubio, acepta como interlocutores en la llamada “transición venezolana” a los Rodríguez y a los representantes de Diosdado.
Sin ocuparse de la ternurita que es ahora la Premio Nobel de la Paz Corina Machado.
Rubio tiene claros tres objetivos en su muy personal futuro:
1.- Derrocar al régimen cubano como siguiente objetivo del control de América Latina, por encima del Grupo de Río.
2.- Lograr el mayor debilitamiento posible de los carteles mexicanos y con ello la caída de importantes narco políticos del corte de Rubén Rocha Moya o empresarios como los dueños del Grupo Vidanta.
3.- Ser el próximo candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos.
¡Sin duda que Marco Rubio es un político con unas expectativas muy diferentes a las de Fernández Noroña!

