Por Héctor Guerrero
Existe una diferencia fundamental entre la expansión de un deporte y la expansión de un negocio. La primera amplía el acceso, acerca a las personas y multiplica las posibilidades de participación. La segunda aumenta ingresos, segmenta mercados y perfecciona mecanismos de rentabilidad.
La Copa del Mundo de 2026, la más grande en la historia del futbol, parece haberse inclinado peligrosamente hacia la segunda definición. Lo que se presentó como una celebración universal comienza a exhibir los síntomas de una transformación más profunda: la sustitución gradual del aficionado por el consumidor.
La FIFA presume cifras récord. Nunca hubo tantas selecciones, tantos partidos, tantos patrocinadores ni tantos millones en circulación alrededor de un Mundial.
Estados Unidos, Canadá y México fueron elegidos para albergar una competencia diseñada bajo la lógica de la expansión permanente. Sin embargo, detrás de la monumental operación comercial emerge una pregunta incómoda: ¿para quién se organizó realmente esta Copa del Mundo? La respuesta parece cada vez menos relacionada con quienes construyeron históricamente la pasión futbolística.
Durante décadas, el futbol constituyó uno de los pocos espacios donde las diferencias económicas podían diluirse temporalmente. La tribuna era una representación imperfecta, pero efectiva, de la convivencia social. El empresario y el obrero podían sentarse a pocos metros de distancia. El estudiante y el profesionista compartían el mismo nerviosismo ante un penal. La camiseta nacional generaba una identidad común capaz de suspender, aunque fuera por noventa minutos, las divisiones que estructuran la vida cotidiana.
Ese modelo comenzó a modificarse hace años, pero el Mundial de 2026 parece haber llevado el fenómeno a una nueva dimensión. Los precios de los boletos, los paquetes de hospitalidad, los costos de hospedaje y los gastos asociados a la experiencia mundialista han construido una barrera económica que excluye a millones de aficionados.
Lo que antes representaba un esfuerzo extraordinario para una familia ahora se aproxima a una inversión imposible. La fiesta sigue existiendo, pero muchos de quienes la hicieron popular observan desde afuera.
La transformación es más profunda de lo que aparenta. No se trata únicamente del costo de un boleto. Lo que está ocurriendo es un proceso sistemático de segmentación social. Primero aparecieron las zonas preferentes. Después los accesos VIP. Más tarde los paquetes corporativos. Luego las experiencias exclusivas. Ahora existen categorías diferenciadas para prácticamente cualquier capacidad de gasto. Lo que se vende como diversificación de opciones constituye, en realidad, una sofisticada arquitectura de separación económica.
La lógica es sencilla y profundamente preocupante. Si hoy existen tres categorías de aficionados, mañana existirán seis. Si hoy hay espacios diferenciados para quienes pueden pagar más, mañana habrá nuevos niveles de exclusividad. El negocio nunca encuentra suficiente segmentación. Siempre es posible crear una categoría superior, una experiencia más exclusiva, una distancia mayor entre quienes pueden acceder y quienes deben conformarse con mirar desde lejos. Lo que comenzó como un estadio termina pareciéndose a una representación física de la desigualdad contemporánea.
Resulta paradójico que esta dinámica ocurra precisamente cuando las instituciones deportivas hablan constantemente de inclusión.
Nunca se pronunciaron tantos discursos sobre diversidad, accesibilidad y democratización del deporte. Sin embargo, pocas veces fue tan evidente la construcción de barreras económicas alrededor de los grandes espectáculos. El lenguaje de la inclusión convive con prácticas de exclusión cada vez más refinadas. La contradicción es tan evidente que apenas requiere explicación.
En ese contexto adquiere relevancia la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de mantenerse alejada de los principales escenarios protocolarios del arranque mundialista. Oficialmente, la explicación se sustentó en los elevados costos de los boletos y en la inconveniencia política de ocupar espacios inaccesibles para la mayoría de los mexicanos. Se trata de un argumento razonable. Sin embargo, la política rara vez se limita a las explicaciones oficiales. También se construye a partir de símbolos, percepciones y antecedentes históricos.
México conserva una memoria futbolística profundamente vinculada a la expresión popular. Gustavo Díaz Ordaz descubrió durante la inauguración del Mundial de 1970 que el poder presidencial no era suficiente para contener el descontento ciudadano.
Miguel de la Madrid experimentó una situación semejante en 1986, cuando el deterioro económico encontró en las tribunas un canal de manifestación espontánea. Los estadios funcionaban entonces como uno de los pocos espacios donde la ciudadanía podía dirigirse al poder sin intermediarios ni protocolos cuidadosamente diseñados.
Aquellas expresiones resultaban incómodas para los gobiernos, pero constituían una manifestación genuina de la vida democrática. El aplauso era auténtico porque también lo era el abucheo. La multitud no seguía instrucciones. Reaccionaba. Opinaba. Juzgaba. En cierto sentido, los estadios eran más sinceros que muchos ejercicios formales de consulta pública. Ahí radicaba precisamente su valor político y cultural. Eran espacios donde la espontaneidad conservaba un lugar privilegiado.
Hoy la situación parece distinta. Los precios elevan filtros que antes no existían. La composición social de las tribunas cambia. La incertidumbre disminuye. La posibilidad de una expresión popular masiva se reduce conforme aumenta el costo de participar en ella.
No es casualidad que el futbol contemporáneo resulte cada vez más cómodo para patrocinadores, gobiernos y corporaciones. Las multitudes espontáneas son difíciles de administrar. Los consumidores segmentados resultan mucho más previsibles.
La consecuencia más grave de este fenómeno no es económica ni política. Es cultural. El futbol construyó su enorme influencia porque pertenecía a todos. Su capacidad de movilizar emociones colectivas surgió precisamente de esa condición popular. Cuando el acceso se restringe, cuando la experiencia se convierte en un lujo y cuando la lógica comercial desplaza progresivamente a la comunitaria, comienza un proceso de desnaturalización que amenaza la esencia misma del espectáculo.
Al final, cuando concluyan los discursos oficiales, cuando se contabilicen los ingresos récord y cuando los organizadores celebren el éxito financiero del torneo, permanecerá una pregunta mucho más importante que cualquier balance económico. ¿Quién estuvo realmente presente en este Mundial? Porque mientras las estadísticas presumen crecimiento, millones de aficionados siguen observando desde la distancia que impone el precio de una entrada. Son ellos los grandes ausentes de esta Copa del Mundo.
Los once jugadores mexicanos que ingresan al campo representan precisamente a quienes quedaron fuera de la fotografía oficial. Representan a quienes no pudieron pagar un boleto, a quienes siguieron los partidos desde una pantalla pública, desde una sala familiar o desde cualquier rincón del país donde la pasión permanece intacta.
Ojalá el futbol consiga recordar lo que sus administradores parecen haber olvidado. Antes de convertirse en una industria multimillonaria fue una expresión popular. Y el día que deje de pertenecer al pueblo, aunque los estadios sigan llenándose y las cuentas sigan creciendo, habrá perdido algo mucho más valioso que dinero: habrá perdido su razón de ser.
Tiempo al tiempo.
@hecguerrero

