El colapso de la fantasía
Federico Berrueto
Es
propio de la política recrear la esperanza, en ocasiones en los terrenos de la
fantasía; Raymundo Riva Palacio ha aludido al caso cubano y la oferta utópica
de su fundador, Fidel Castro. Igual ocurre en México y en Estados Unidos,
aunque con diferentes ritmos y expresiones. Más parecido a Cuba es lo de
Venezuela con Hugo Chávez. Líderes carismáticos que creen caminar sobre el
agua, enfermizamente convencidos de que son de otra pasta y que, en su
fantasía, llevan a sus pueblos a aventuras que inevitablemente concluyen en
desastre.
El
colapso del proyecto político es cuestión de tiempo. Por eso, todos,
absolutamente todos los regímenes populistas terminan en desgracia y, a veces,
en tragedia. La realidad no admite desafíos ilusorios; por eso los grandes
estadistas parten del reconocimiento de las limitaciones y de los estrechos
márgenes de eficacia. Precisamente eso, entender la realidad en su complejidad
y lo que sí está al alcance hace del gobernante un gran transformador, el líder
de un cambio no solo trascendente, sino positivo.
Estados
Unidos no tendrá mayor problema para ver el colapso del régimen castrista, como
el mundo ha visto el penoso tránsito de los residuos del chavismo en
colaboracionismo con el imperio al que tanto denostaba. Algo semejante ocurrirá
en Cuba. Así es porque la razón del colapso del régimen no es Donald Trump, ni
MAGA o la destreza de Marco Rubio, secretario de Estado; la causa es la
perversión de la fantasía: defraudar la esperanza con las obsesiones propias
del poder —continuidad, concentración de autoridad y dinero—.
El
obradorismo está tocado de muerte. Puede ser una transición amable o, como se
está perfilando, ruda y dura. El relevo en el gobierno ofreció la oportunidad,
riesgosa, de un cambio gradual y correctivo para superar las dos principales
insuficiencias del proyecto: la impunidad y la concentración del poder. El
segundo piso acentuó, apresuró el ritmo. Precipitó el colapso institucional con
la reforma al Poder Judicial, derribando la última trinchera de contención al
abuso presidencial. Todo poder sin freno acaba por volverse en contra: regla de
tiempos ancestrales y razón de la vigencia del régimen democrático, como se
observa ahora frente a Donald Trump, que no será derrotado por las armas, sino
por las decisiones de los jueces y el voto popular.
Nuevamente,
la caída del morenismo no será por Donald Trump, MAGA, el secretario Marco
Rubio o el de Defensa, Pete Hegseth; será por cuenta propia. La impunidad es el
cáncer, y los anticuerpos institucionales dejaron de existir cuando se
destruyeron las condiciones para la supremacía de la Constitución y de la
legalidad. Queda el voto, y por eso el régimen se ha esmerado en destruir las
bases que garantizan la pluralidad y elecciones justas, mediante la
interferencia presidencial al hacer campaña.
La
magia de una democracia es ofrecer una vía para un aterrizaje amable a todo
régimen, por autoritario que sea. Sucedió con el PRI y, prácticamente, todos
los países han podido transitar a un mejor régimen y sistema por la vía
civilizada, cuando son realidad elecciones justas e incluyentes y, por lo
mismo, convincentes.
El
régimen morenista va justamente en sentido contrario. El riesgo no es que se
reproduzca indefinidamente en el poder; sino que en el afán de mantenerse
traslade la lucha por el poder fuera de las instituciones y de la civilidad. La
opción más razonable es apostar por la democracia. En el corto plazo, incluso
en un contexto de normalidad electoral Morena tiene todo para prevalecer,
aunque en un entorno de pluralidad.
La
presidenta Sheinbaum requiere una hoja de ruta no solo para su gobierno sino
para el país. Lo que resulta impensable es que la prioridad sea la elección de
2027 y que, a pesar de todas las ventajas —legítimas, ilegítimas o ilegales— de
Morena y sus candidatos, pretenda inmiscuirse en el proceso electoral para
convertir la consulta de ratificación de mandato en un vehículo de campaña
paralela a su partido y candidatos, al grado de que incluso el PT, un partido
históricamente aliado, ha hecho pública su reserva ante la evidente intención
presidencial.
La
vía democrática permitiría al régimen sobrevivir e intentar ganar legitimidad,
no con encuestas de aprobación, sino con votos emitidos en elecciones justas y
sin exclusión de partidos o candidatos. En ese sentido, el registro de SomosMx
será medida del futuro del régimen democrático.

